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27 de marzo de 2019

Yunda: la derrota de la clase media quiteña

Por primera vez en décadas, un candidato gana la Alcaldía de Quito con el respaldo de apenas una quinta parte del electorado.

¿Quién es el gran perdedor de la carrera por la Alcaldía de Quito? Parece obvio responder que Paco Moncayo. Desde el primer día y a lo largo de toda la campaña, el candidato de la Izquierda Democrática encabezó todas las encuestas con un margen lo suficientemente amplio como para pensar que era imbatible. Sin embargo, a la hora de la verdad, cayó del 30 por ciento de intención de voto al 17 por ciento de los votos reales y se hundió en un inesperado tercer lugar de la tabla de posiciones: una catástrofe política en toda regla.

Jorge Yunda, nuevo alcalde de Quito
Yunda: la derrota de la clase media quiteña

Pero no: el verdadero derrotado de la elección no fue un candidato particular. Quien este domingo 24 recibió un baño de agua fría (que puede considerarse un baño de realidad en más de un aspecto) fue la clase media quiteña, cuyos representantes en esta elección cayeron víctimas de su propia dispersión y su propia miopía: la suya y la de sus partidos y líderes políticos. César Montúfar, Juan Carlos Holguín, Juan Carlos Solines, Paola Vintimilla: sumadas sus respectivas votaciones representan el 32,5 por ciento del electorado. De haberse unido, como reclamó Mauricio Pozo cuando renunció a la candidatura socialcristiana, habrían derrotado a Jorge Yunda con once puntos largos.

La clase media quiteña, a diferencia de las de otras ciudades del Ecuador, tiene la consciencia de ser un actor político de peso, uno que tumba presidentes e influye en las agendas nacionales. La clase media quiteña percibe a la capital como una ciudad cosmopolita y firmemente encaminada en el siglo XXI.

Es sensible a los debates propios de una ciudad contemporánea, debates que consideran la movilidad alternativa, el ecologismo, el rescate del espacio público, el papel de la cultura... Y, desde los tiempos de Rodrigo Paz (alcalde entre 1988 y 1992), la clase media ha ejercido el liderazgo y ha sido capaz de consensuar proyectos de ciudad encarnados, bien o mal, en alcaldes que tuvieron un amplio respaldo en las urnas.

Todo eso llegó a su fin este 24 de marzo con el triunfo de Jorge Yunda. Por primera vez, un candidato gana la Alcaldía con el voto de apenas una quinta parte del electorado, resultado que proyecta serias dudas sobre la gobernabilidad de la ciudad en los próximos cuatro años. Se trata, además, de un candidato ausente del debate sobre la ciudad contemporánea. Un candidato que propone, por ejemplo, la construcción de grandes viaductos aéreos a lo largo de toda la ciudad como improbable solución al problema de la movilidad; o que promete construir el nuevo estadio olímpico en la mitad del mundo, para darse el gusto de tener un arco en cada hemisferio; o que prodiga ofertas en beneficio de las mascotas sin conexión con ninguna política pública.

Un candidato que realizó una campaña limpia, ciertamente, pero una campaña no basada en un proyecto de ciudad sino en los fuegos de artificio lanzados por su propio personaje: “la campaña del ecuavoley”, la llamó.

No ganó un proyecto, ganó (quizá por obra y gracia del voto obligatorio) un personaje. Uno que necesita urgentemente un proyecto. De ahí su invitación, lanzada ayer, para que Fernando Carrión, uno de los planificadores urbanos más reconocidos de Quito, se una a su alcaldía.

En la dispersión de los candidatos de la clase media quiteña tienen su parte de responsabilidad los partidos políticos. CREO y el socialcristianismo, especialmente, cuyos líderes decidieron desde Guayaquil, en función de estrategias políticas a largo plazo y de espaldas a los intereses de una ciudad que no es la suya, participar en unas elecciones que no tenían probabilidad de ganar. Las élites quiteñas les cedieron esa capacidad de decisión.

Un baño de realidad. La victoria de Yunda desentierra los peores fantasmas de una ciudad que se creyó cosmopolita y de pronto se descubre como la vieja ciudad excluyente dividida por una barrera infranqueable: la que divide al norte del sur, separados por prejuicios, desprecios y resentimientos. Fantasmas atávicos. El ascenso de Yunda recuerda el de ese otro personaje radial de los ochenta: Gustavo Herdoíza, el Maestro Juanito, quien también expresó en su momento esa frontera que es mucho más que geográfica. Más de la mitad del electorado ni lo conoció. Pero él sigue vivo.

¿Quién es Jorge Yunda?

En Quito no necesita presentación. Basta subirse a un bus o a un taxi a las ocho de la mañana, cuando todo el mundo se dirige a su trabajo y el tráfico en la capital es un infierno, para escucharlo hacer gracias, bromear, cantar, comentar el fútbol, reír. Sobre todo, reír. Todo el mundo ríe en el programa ‘Radiación Temprana’, de Radio Canela. Sonora, espasmódica, estrepitosamente. Son las gracias, son los chistes del Loro Homero la causa de tanta carcajada. Médico cirujano de profesión, cantante y compositor de oficio, dirigente deportivo por vocación, empresario radial por interés, Jorge Yunda es, antes que todas esas cosas, un hacedor de gracias.

Hombre de extracción humilde y origen campesino, Jorge Yunda nació en Guano, provincia de Chimborazo, hace 53 años. Siendo él un niño, su familia emigró a la capital, donde se estableció en el popular barrio de San Roque. Ahí el pequeño Jorge se convertiría en un ser más quiteño que la Guaragua. Sus padres, un carpintero y una costurera, son un ejemplo de trabajo y superación. Gracias a su esfuerzo, Yunda se convirtió en el primero de su familia en acceder a la educación universitaria.

Médico cirujano por la Universidad Central, ejerció la profesión en varios hospitales públicos de Quito. Pero pronto su diversidad de intereses lo llevaría a incursionar en otras actividades. En 1989 ya era cantante, guitarrista y compositor de canciones del grupo Sahiro, que tuvo mucho más de un cuarto de hora de fama en la ciudad. Al mismo tiempo, se empieza a desempeñar como locutor de programas de entretenimiento en varias radios. Ese es el trabajo con el que terminaría por quedarse. El que le dio fortuna.

En el 2000, Yunda empieza a adquirir sus primeros equipos y sus primeras emisoras, por lo general repetidoras en provincias. Para el 2006 ya se ha convertido en un personaje radial lo suficientemente popular y lo suficientemente populista como para despertar el interés del fenómeno político del momento: Rafael Correa. A partir de entonces su ascenso fue meteórico. Un año más tarde ya se ha convertido en el presidente del Consejo Nacional de Radio y Televisión, Conartel. Inaudito: un dueño de emisoras y concesionario de frecuencias, al frente del organismo de control de las emisoras y de las frecuencias. Así era el correísmo.

Según la organización Fundamedios, que le siguió los pasos y escribió varios informes sobre sus actividades, su huella por el Conartel sirvió a Yunda para dictar los reglamentos que luego empleó para construir su imperio mediático, uno de los tres más grandes del país que fueron denunciados por la Contraloría en su informe de mayo de 2018.

Dependiendo del pie con que se levanta de la cama, Yunda puede confirmar o desmentir la existencia de ese imperio. “No son 35 (frecuencias), son 50”, respondió cínicamente, en un tuit, cuando Fundamedios presentó su primer informe. Luego ha dicho que no son suyas. En realidad son 46, y pertenecen a una docena de tramas societarias. El cruce de la información bancaria de estas sociedades conduce invariablemente a los mismos nombres: los de la madre y la hermana de Yunda. La Contraloría no tiene dudas: Yunda es, gracias al correísmo y a pesar de la Ley de Comunicación del correísmo, uno de los mayores concentradores de medios de comunicación en el país.

De las radios de Yunda proviene su poder. Ese poder que lo llevó a convertirse en el primer presidente civil del club de fútbol El Nacional. No le fue bien: salió antes de terminar su período, dejando un equipo en crisis económica y un plantel que llevaba sin cobrar dos meses. Pero ya en ese entonces tenía otras ambiciones: siempre de la mano del correísmo y de sus radios, en 2017 se convirtió en legislador por Pichincha, con una masiva votación en el distrito sur de Quito que despertó su codicia por la Alcaldía. Fue de aquellos asambleístas que mantiene el perfil bajo. Y cuando su partido se dividió optó por la posición más predecible: quedarse con quienes tienen el poder.

El correísmo quiere más

Luisa Maldonado, candidata correísta a la Alcaldía de Quito, dio el campanazo al ubicarse en segundo lugar, por encima del general Paco Moncayo. Pero su 18,4 % de los votos no es una sorpresa para nadie: corresponde al correísmo duro. Ella quiere más. Ayer anunció su voluntad de impugnar los resultados, pues considera que el CNE hizo fraude.


Autor:   Roberto Aguilar

Fuente:  Diario Expreso


12 de diciembre de 2017

Los correístas se llevan todo

Las cuentas bancarias, los seguidores en el Twitter, la sede de Quito...El ala correísta de Alianza PAIS parece empeñada en dejar a los morenistas sin nada.

rafael correa movimiento revolución ciudadana
Artículo de Roberto Aguilar: "Los correístas se llevan todo"

No es lo que se pueda llamar una sede de puertas abiertas ni mucho menos. En la entrada, un candado disuade al visitante y un guardia privado que atiende desde el otro lado de la verja pintada de verdeagüita se niega a compartir información o a franquear el paso a quien no disponga de una cita. En la parte alta de la fachada, la gigantografía con el rostro de Lenín Moreno que presidió el edificio desde los días de la campaña electoral ha sido retirada y sustituida por la consigna “Ciudadanía en movimiento”. Y en las ventanas y puertas que miran hacia la avenida de los Shyris, cartulinas escritas a mano alzada con consignas contra la consulta popular e invitando a votar “Siete veces No”, no dejan lugar a dudas sobre la identidad de los ocupantes actuales del inmueble. El golpe de Estado que protagonizó el ala correísta de Alianza PAIS al interior de su movimiento tiene, en la sede del norte de Quito, su expresión más clara y contundente.

¿Es el único patrimonio con que los correístas se han quedado? La semana pasada, el nuevo secretario general del movimiento reconocido por el Consejo Nacional Electoral, Ricardo Zambrano, del ala morenista, sacudió el avispero de la opinión pública tras denunciar un acto de piratería pura, del que culpó a la directiva anterior: según él, 600 mil dólares desaparecieron de las cuentas bancarias del partido. Gabriela Rivadeneira, cabeza visible del ala correísta y secretaria general en rebeldía, se apuró a desmentirlo. Tratándose de dinero constante en una cuenta bancaria, no debería ser difícil comprobar quién de los dos dice la verdad.

“Es facilísimo”, confirma Elizabeth Cabezas, legisladora del ala morenista. “Entiendo que hay varios cheques que han sido girados. Lo importante es que ellos puedan justificar en qué se usaron esos recursos”. Según pudo conocer este Diario, Ricardo Zambrano ya se encuentra trabajando en ello, tiene listos los documentos que demuestran el retiro de los 600 mil dólares y se dispone a hacerlos públicos esta semana, junto con los nombres de los responsables del manejo de esas cuentas bancarias.

Menos oneroso, pero más inapelable es el saqueo perpetrado en las redes sociales. Los correístas que administraban las cuentas de Twitter (nacional y provinciales) que pertenecían a todo el movimiento, decidieron apropiarse de ellas y se alzaron, de paso, con cientos de miles de seguidores: 313 mil solo en la cuenta nacional de Alianza PAIS, hoy identificada con el membrete de “Revolución Ciudadana”. Un logotipo en el que las siglas RC adoptan la forma de una antorcha de estética ‘vintage’ que recuerda a la guerra fría y un collage de fotografías de Rafael Correa en bicicleta completan la nueva imagen de las cuentas. Como si el ala correísta hubiera empezado a instrumentar los cambios necesarios para fundar un nuevo movimiento político.

No era ese el plan. El pasado 3 de diciembre, la convención correísta celebrada en Esmeraldas (ilegítima según el morenismo), transcurrió bajo el signo de la depuración: expulsar a Lenín Moreno; expulsar a los asambleístas del morenismo; expulsar a los ministros y funcionarios que apoyan la consulta; expulsar a los directores provinciales y cantonales que haga falta... En fin, expulsar a todo el mundo. Y solo en último caso contemplar otras posibilidades: “Si nos quitan el movimiento -instruyó el líder Rafael Correa- nos desafiliamos masivamente, nos integramos a otro movimiento de esos en ciernes que hay y lo transformamos”.

Elizabeth Cabezas dice sentir vergüenza: “es la forma atropellada -se lamenta- arbitraria de actuación de quienes quieren perpetuarse en la secretaría del movimiento”. Difícil adivinar hacia dónde conduce todo esto. Por el momento, el movimiento político que apoya al presidente de la República, el más grande del país, se ha quedado sin fondos en el banco, sin sede en la capital y sin seguidores en el Twitter.

¿Se gastaron los 600 mil?

Los 600 mil dólares faltantes en las cuentas de PAIS fueron retirados, según el secretario ejecutivo Ricardo Zambrano, en las dos últimas semanas. Gabriela Rivadeneira sostiene que eso es mentira y asegura que Zambrano está descontextualizando los hechos. Los estados de cuenta lo dirán.


Autor:   Roberto Aguilar

Fuente:   Diario Expreso



28 de octubre de 2017

Abuso sexual: Espinosa lo sabía

Cuando Augusto Espinosa llegó a Educación, encontró cien denuncias anuales de abuso en las escuelas. Las solucionó de la manera correísta: en el Power Point.

augusto espinosa abuso sexual
Artículo de Roberto Aguilar: "Abuso sexual: Espinosa lo sabía"

“En ese momento no se decía casi nada de esto. Pero sabíamos qué estaba pasando. Teníamos cien denuncias por año”. Con estas palabras, el hoy asambleísta Augusto Espinosa describió la situación del abuso sexual en las escuelas en el momento en que él asumió la cartera de Educación: año 2013. Lo hizo ayer en la Comisión Aampetra, constituida por la Asamblea para investigar el escándalo. Sentadas a su derecha, las representantes de los padres de menores abusados, Amparo Molina, y de la organización Rescate Escolar, Sybel Martínez, parecían no dar crédito a lo que estaban oyendo.

“Cien denuncias por año”. ¿Qué hizo con ellas el ministro? ¿Las tramitó y les dio seguimiento? ¿Acudió a la justicia? ¿Abrió investigaciones? ¿Destituyó a los profesores implicados? ¿Presentó acusaciones? Al término de la sesión, Amparo Molina le pedirá esas cuentas. Lo cierto es que Espinosa no hizo nada de eso: nomás empezó a “trabajar en un sistema integral de protección”.

Ahí está, clarísimo, en la lámina de Power Point que, con una solvencia digna de mejor causa, proyecta y explica el exministro. “Visión: convivencia armónica y cultura de paz”, se lee arriba. Y en el centro, los tres componentes del proyecto: “Prevención”, “Reacción”, “Remediación”, escritos en cuadritos de colores, unidos todos por la respectiva flechita que indica inequívocamente que cada cosa va después de la otra. Con un sistema tan bien diseñado, resulta extraño que los casos de abuso sexual continuaran hasta sumar 382 (sin contar los que siguen apareciendo) durante el tiempo de gestión de Espinosa en Educación.

El exministro no maneja esta cifra ni ninguna otra. Su exposición fue burocrática y administrativa. Habló de institucionalidad, de secretarías zonales y direcciones distritales, de protocolos de actuación (que no siempre se cumplen), de juntas de resolución de conflictos (que no siempre actúan), de concursos de oposición (que no siempre se aplican), de sistemas de monitoreo (que no detectaron el problema), de problemas estructurales...

Su sucesor en el cargo, Fredy Peñafiel (ministro entre noviembre de 2016 y mayo de 2017), también presente en la Comisión, se centró en la capacitación de los Departamentos de Consejería Estudiantil, que se quedaron sin fondos. En resumen: entre los dos exministros trazaron los lineamientos de un supuestamente bien aceitado sistema de prevención que, evidentemente, falló en al menos 382 casos.

De la tragedia de los niños violados y sus padres los exministros no dijeron nada. A lo sumo Espinosa hizo un esfuerzo por desmarcarse del problema citando lo que el viejo refrán popular califica como “consuelo de tontos”: dijo que el abuso sexual de menores “no es patrimonio del sistema educativo”, que “la mayor parte de casos se produce en los hogares”, que la culpa la tiene “esta sociedad de la violencia” y que “ocurre también en otros países del mundo”. “Y seguirá ocurriendo”, remató.

En la Comisión (reducida por la ausencia de la mitad de sus miembros) casi no hubo quién los contradijera. Los principales reparos provinieron de las representantes de los padres y de Rescate Ecuador.

¿Cómo es posible que la rectora del Aguirre Abad ganara el concurso de merecimientos? ¿Por qué no tienen datos estadísticos? ¿Por qué no se investigaron las denuncias? ¿Cómo intervinieron para proteger a las víctimas? ¿Por qué dejaron caducar los trámites administrativos? ¿Por qué no hay información sobre colegios privados? ¿Por qué se esperó a la presión mediática para actuar? Estas y otras preguntas quedaron sin respuesta. Y el ministro, pateando al perro, optó por la salida correísta: echó la culpa a los medios.

Encubridores de alto nivel

La representante de Rescate Escolar, Sybel Martínez, salió insatisfecha de la comparecencia de los exministros. “Faltaron respuestas -dijo-, no se analizó ni un solo expediente de un caso de violación, no llegamos a saber cuántos sumarios administrativos fueron resueltos. Entendemos que a los agresores se les llama verbalmente la atención, pero siguen en el sistema educativo”. Según ella, es un caso de “encubrimiento al más alto nivel”.


Autor:   Roberto Aguilar

Fuente:  Expreso


28 de julio de 2017

Admitámoslo: somos un país de mierda

A las mujeres venezolanas las empiezan a acosar el día en que pisan el país. La exuberancia caribeña parece sobrepasar todas las líneas rojas hormonales del mojigato macho andino. Y las represiones sexuales durante largo tiempo contenidas, espoleadas por una posición de poder en la que inciden la pobreza, el desempleo o la falta de papeles migratorios de las víctimas, brotan desenfrenadas y aborrecibles. Hay que oír lo que cuentan estas mujeres, jóvenes como casi todos los emigrantes de su país en el nuestro, muchas de ellas con títulos universitarios y compelidas a trabajar lavando platos, sirviendo mesas o vendiendo arepas en las calles. Sus testimonios son una bofetada en la falsa conciencia que los ecuatorianos hemos construido sobre nuestra supuesta calidad de pueblo amable, generoso, buen anfitrión, cordial con los visitantes, solidario… En fin, todas esas mentiras  que llevamos metidas en la cabeza y que el aparato de propaganda multiplicó durante diez años, cada vez que el lobby o los negocios cataríes de algún Alvarado nos conseguía una candidatura para los World Travel Awards o lo que fuese.

venezolanas en ecuador
Artículo de Roberto Aguilar: "Admitámoslo: somos un país de mierda"

El entusiasmo y la dedicación de los activistas, el compromiso de muchas mujeres involucradas en la política y la repercusión que alcanzan los mensajes en las redes sociales han conseguido colocar el tema del acoso sexual y la violencia machista en el tope de las preocupaciones de la agenda social ecuatoriana (aunque no, todavía, de la agenda política). El número de ecuatorianas conscientes de que su vida en este país no es fácil simplemente por el hecho de ser mujeres crece día a día. Lo que ellas no sospechan es que las venezolanas la pasan mucho, pero mucho peor. A su condición de mujeres se suma su condición de emigrantes: vulnerables entre los vulnerables. Basta con hablar con ellas. Con las que pasaron por El Ejido o La Carolina, vendiendo comida, o las que sirven mesas en los restaurantes. Sus testimonios se parecen en lo esencial. Las historias se repiten…

Están las que pusieron anuncios para solicitar empleo en Internet (“Venezolana con título universitario ofrece servicios como asistente de enfermería”) y reciben una avalancha de propuestas sexuales en el más subido de los tonos.

Las que fueron citadas para una entrevista de trabajo nomás que para recibir las insinuaciones nada sutiles de un baboso que termina por ofrecerles empleo a cambio de sexo. Vaya propuesta para una mujer que necesita ese empleo desesperadamente.

Las que finalmente consiguieron un trabajo y tuvieron que dejarlo para no seguir soportando los excesos de sus jefes y sus compañeros. O porque sus empleadores las chantajeaban con el tema de la visa y ese acoso llegó a tal extremo que prefirieron vender empanadas en una esquina.

Las que dicen: “desde que llegué, casi todos los contactos y las conversaciones con hombres ecuatorianos giran alrededor de sus intentos por llevarme a la cama”.

Las que repiten: “es que los ecuatorianos piensan que todas las venezolanas somos putas, pues”. Una idea más común de la que se cree y que comparten muchas mujeres de este país con el gen machista bien instalado en el cerebro.

Las que directamente reciben ofertas de dinero cuando van caminando por la calle. Las que ya se cansaron de oír frases del tipo “M’hijita rica, cuánto cobra”.

Las que no saben a qué atenerse porque el acoso puede provenir de la gente más insospechada: “desde un chamo hasta alguien de mucho dinero, o alguien de poco dinero, o tipos bien vestidos, o tipos mal vestidos, o estudiantes, cualquiera pues”.

Las que se sienten disminuidas, las que quisieran volver a Venezuela pero evidentemente no pueden, las que lloran al contarlo.

Las madres solteras con un hijo al que no consiguen matricular en una escuela porque no tiene papeles, como si el derecho a la educación de los niños en este dizque “Estado de derechos” fuera un valor menos importante que los documentos de regularización. Así que no les resulta fácil trabajar porque no tienen a quién encargar el cuidado de sus hijos.

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Y sí: las que se dedican a la prostitución, fueron contactadas allá por proxenetas de acá y llegaron a Quito a formar parte de una legión de chicas que anuncian sus servicios en Internet y pasan día y noche metidas en departamentos donde reciben a sus clientes. Departamentos llenos de cámaras de vigilancia que las observan las 24 horas del día. Y entregan la mitad de sus ganancias a esos ecuatorianos que vieron en la crisis de Venezuela una excelente oportunidad para lucrar con la explotación sexual de las mujeres. Caribeñas, desinhibidas, voluptuosas… Muy rentables.

Todo ello sin contar con la serie de atropellos que los venezolanos, hombres y mujeres expulsados de su país y que emprendieron la aventura de la emigración con quinientos, ochocientos o mil dólares en el bolsillo sufren a diario en las calles y en los trabajos que consiguen. La xenofobia de quienes los insultan en las calles; la explotación de los empleadores que los ponen a trabajar dos, cuatro semanas y luego los echan sin pagarles un centavo con cualquier pretexto (de estos casos hay cientos); el acoso de la Policía Metropolitana que los detiene y les confisca la mercadería que venden en la calle…

Huyen de la escasez, de la inseguridad, de la violencia, de los motoristas armados, de las ruinas de un país quebrado… Y vienen a dar con esto en un Ecuador que se jacta de su hospitalidad, de su solidaridad, de su amabilidad para con los extranjeros.

Abuso de poder puro y duro. Explotación de los más débiles. Violencia machista impune y sistemática. El que no tiene papeles, el que no tiene dinero, el que está desesperado por conseguir un empleo, el que no tiene cómo defenderse está jodido en este “Estado de derechos”. Peor si tiene tetas. ¿Amables, solidarios, hospitalarios? Los ecuatorianos, que adolecemos de una sospechosa obsesión por la imagen que proyectamos ante los extranjeros, deberíamos preguntar a los venezolanos que emigraron hasta acá qué opinan de nosotros. Amablemente eludirán los calificativos. Pero contarán historias que nos retratan de cuerpo entero. Que nos pintan como lo que somos: un país lleno de acomplejados, de abusadores, de arribistas, de sanguijuelas. Una manga de analfabetos gobernada por una camarilla de sinvergüenzas.

Ponemos el grito en cielo cuando escuchamos noticias de emigrantes ecuatorianos abusados en España pero aplicamos a los venezolanos el mismo trato. Y a las venezolanas, uno peor: el trato que no nos atrevemos a dar a las gringas o a las europeas; porque las gringas y las europeas tienen papeles; tienen plata o nos imaginamos que la tienen; tienen contactos, tienen una embajada de verdad, tienen prensa; tiene otro estatus, vaya. Y son rubias. Un ecuatoriano no se atrevería a preguntar a una alemana cuánto cobra. Ni en pedo, como se dice en Argentina. Es una cuestión de relaciones de poder. Es más fácil que un ecuatoriano viole y mate a una alemana (en un acto de transgresión ciega de ese poder) a que le pregunte cuánto cobra. Una venezolana, en cambio, no tiene nada. Y está más rica. La balanza del poder está a nuestro favor y no resta sino ejercerlo. El sistema que rige las relaciones de sexo y poder entre los ecuatorianos y las mujeres extranjeras dibuja a la perfección el intrincado mapa de nuestros complejos (étnicos, culturales, sociales, económicos…). Y parece que nuestros complejos tienen mucho que ver con nuestras conductas políticas.

Porque aquí, quien tiene poder abusa de él. Este es un país lleno de correístas. Autoritarios machos alfa con desplantes de gallito. Correístas de a cincuenta, diez, apenas un metro cuadrado de poder. Pero lo ejercen con el mismo desafuero con que Rafael Correa ejerció el suyo sobre los 270 mil kilómetros cuadrados que administró como corregidor de hacienda. Los ecuatorianos estamos dispuestos a soportar la autoridad de un corregidor porque ella nos autoriza a actuar como corregidores en el metro cuadrado que nos ha tocado en suerte. La tiranía correísta no fue más que un reflejo del país que la eligió, la reeligió, la soportó, la disfrutó y le sacó provecho.

Pero somos tan mojigatos que jamás llegaremos a admitirlo. Tenemos que defender la imagen que hemos construido de nosotros mismos (la de los World Travel Awards y pendejadas por el orden), así que nos falta coraje para discutir ciertas cosas. Aun para nombrarlas. Y ya es hora. Uno lee los artículos de Arturo Pérez Reverte en los que pinta a España como un país de miserables y estúpidos, “un país de mierda”, dice literalmente, y se imagina las reacciones que semejante afirmación acarrearía de ser trasladada al Ecuador. Aquí no se puede decir tal cosa, nuestros complejos no lo permitirían. ¿No se puede? Quizás esta coyuntura de postcorreísmo y vacas flacas sea el mejor momento para intentarlo. Y, puestos a intentarlo, nada mejor que empezar por esto: sí, Ecuador es un país maravilloso, como todos; y un país de mierda como pocos. El problema no es Correa, no es Odebrecht, no es siquiera Jorge Glas, que buen rayo lo parta. El problema somos todos los ciudadanos de este país de mierda.

Pregunten a las venezolanas.


Autor:   Roberto Aguilar

Fuente:   Estado de Propaganda

Foto: Fanpage de Venezolanos en Ecuador
 

26 de junio de 2017

En defensa de Martín Pallares: Carta a Rafael Correa

Economista Correa

“¡Qué asco da cierta gente que todo lo hace con guantes! Incluso los hijos y los millones”, escribió Cesare Pavese a quien usted sin duda no ha oído ni nombrar. De sus hijos, Correa, no voy a decir nada, faltaría más. Pero sí de su fortuna, amasada con los pulcros guantes de su cinismo chocante y miserable. Fortuna hecha con la complicidad de jueces comprados o bajo chantaje y entre los bastidores del sainete en que convirtió usted la formalidad jurídica en este país. Ya consiguió atracar 140 mil dólares a Fernando Villavicencio, Cléver Jiménez y Carlos Figueroa. Ahora, cuando nos creíamos al fin libres de su impertinencia y su codicia, de su desprecio por la ley y su utilización de los tribunales en su propio beneficio, todavía tiene la desvergüenza de intentar, con juicio penal de por medio, meter la mano en el bolsillo de un periodista, Martín Pallares, a quien usted personalmente empujó hacia el desempleo. Primero lo deja sin trabajo y luego quiere sacarle plata. Con guantes blancos. Da usted asco.

Rafael Correa enjuicia a Martín Pallares
Artículo de Roberto Aguilar:  "En defensa de Martín Pallares: Carta a Rafael Correa"

Martín Pallares es un digno padre de familia; un periodista de ética intachable; un hombre honrado; una buena persona… En fin, esas virtudes que usted ni entiende ni conoce, o que confunde con ciertas disciplinas aprendidas de los scouts, donde se convirtió en el tiranillo fatuo que hoy todos conocemos. Martín Pallares es una persona que cree en el oficio que ha elegido y defiende la libertad de expresión de la única manera como vale la pena hacerlo: ejerciéndola. Un periodista que tuvo el valor de desnudar las pequeñas, cotidianas inmundicias de su gobierno; que puso al descubierto, paciente y documentadamente, las raterías de ese aparato de lambiscones y aduladores de quienes gusta usted rodearse, a los que llama revolucionarios y que tuvieron campo abierto (abierto por usted) para lucrar obscenamente durante los últimos diez años. Alecksey Mosquera, por ejemplo. ¿Qué pretende? ¿Dejar en la miseria a una familia? ¿Acallar a uno de los pocos medios virtuales, 4pelagatos, que nunca se corrió de cantarle las verdades en la cara? ¿Forzar al gobierno de Lenín Moreno y dejar sentado que los jueces siguen siendo suyos? Usted, el de las manos limpias. ¿Están limpias de verdad o son los guantes que usa para no manchárselas ni dejar huellas? Da usted asco.

¿Y cuál es el delito de que acusa a Martín Pallares? Imaginar. Nomás eso. Concretamente, imaginarlo a usted robando. ¿Quiere usted penalizar la imaginación ahora? Es claro que Martín no lo acusa a usted de nada, Correa. Simplemente (y con fines didácticos que no necesitan explicación en el contexto de su artículo) se lo imagina haciéndolo. Pero ¿no es eso lo que imagina ya la mitad de ecuatorianos? ¿Piensa enjuiciarnos penalmente a todos? Usted robando. ¿Acaso no es lícito, no es natural, no es verosímil dejar volar la imaginación por esos pagos? Ya nos contará usted de sus negocios con Odebrecht, de la manera como dejó volver al país a la constructora brasileña (con costos adicionales que pagamos todos) después de tanta retórica nacionalista barata. Ya nos contará de los 2.200 millones de la Refinería Esmeraldas, de los 1.200 millones gastados en aplanar un terreno en El Aromo, del aparato institucional y jurídico creado por usted y ese sátrapa que empleó como secretario jurídico para permitir a su amigo Jorge Glas montar un esquema de contratos dentro de contratos que multiplicó los costos de todas las obras estratégicas con el fin beneficiar a  otros amigos. Mónica Hernández, por ejemplo (por cierto, ¿dónde están ella y su marido? ¿Siguen en el Ecuador o viajaron por casualidad a una boda en Miami?). Ya nos contará de Tomislav Topic, de Glory International, de los contratos millonarios de su hermano. Todo limpio, todo correcto, todo con guantes, ¿verdad?

Durante diez años, Correa, hemos soportado su tiranía, si aceptamos como correcto el concepto de tiranía que despacha Juan Montalvo en Las Catilinarias (que con toda seguridad usted tampoco habrá leído). Y fíjese usted: estas palabras destinadas al pantagruélico y esperpéntico Ignacio de Veintimilla le calzan a su gobierno como anillo al dedo. ¿Se siente cómodo con eso? Tiranía, dice Montalvo “no es tan sólo derramamiento de sangre humana; tiranía es flujo por las acciones ilícitas de toda clase; tiranía es el robo a diestro y siniestro; tiranía son impuestos recargados e innecesarios; tiranía son atropellos, insultos, allanamientos; tiranía son bayonetas caladas de día y de noche contra los ciudadanos; tiranía son calabozos, grillos, selvas inhabitadas; tiranía es impudicia acometedora, codicia infatigable, soberbia gorda al pasto de las humillaciones de los oprimidos”.

Pero esos diez años terminaron ya, Correa. Vaya acostumbrándose. Ya no puede usted llegar, como solía, rodeado de su pandilla de gorilas pagados con nuestro dinero, y pretender almorzar en un restaurante donde almuerza gente decente. Una vez despojado de la banda presidencial usted está desnudo y su rabo de paja resulta ahora intolerablemente visible. Y da asco.

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Este cuarto de hora suyo con Martín Pallares, justo en el momento en que su vistoso rabo de paja se acerca peligrosa e inexorablemente a las llamas que lo rodean, será una vergüenza más en la larga lista de impudicias que conforman el retrato con que lo recordará la historia. Correa contra Pallares: da risa. Un tirano de “codicia infatigable, soberbia gorda al pasto de las humillaciones” y fatuidad inabarcable (entendiendo la fatuidad como una mezcla en partes iguales de vanidad e ignorancia), un tipo de semejante calaña contra un padre digno, un periodista intachable, un hombre honrado, un tipo culto, un lector infatigable. Ya no le quedan esos desplantes, Correa. Porque, como dice el mismo Montalvo, “un tirano, pase: se le puede sufrir quince años; ¿pero un malhechor?; ¿pero un salteador tan bajo?”. A ése se le echa de los restaurantes. ¿Se atreverá usted a ir a la corte, con sus gorilas y sus guantes blancos? ¿Tendrá usted el coraje de mirar a Pallares a los ojos? En otras palabras: ¿podrá más su cinismo que su cobardía?

De usted, con asco infinito


Autor:   Roberto Aguilar

Fuente:  Estado de Propaganda



Martín Pallares Recibió Amenazas De Muerte por Ecuadornoticias

12 de diciembre de 2016

De Rafael Correa ya sólo queda un montoncito de escombros

¿Cómo escribir sobre la nada? El trabajo del comentarista de las sabatinas presidenciales se parece cada vez más al de un minador de basura que bucea entre la podredumbre con la esperanza de rescatar algún escombro, alguna pieza utilizable, un vestigio de cualquier cosa que aún se pueda reciclar y sirva de algo. Salvo que es un esfuerzo vano. Rafael Correa no aporta nada que no sean sus propios despojos, restos carcomidos, oxidados, inútiles de una retórica que algún día, cuando estaba nueva, pasó por brillante. Uno recoge esos pedazos corroídos por el uso que el presidente deja caer aquí y allá, clong-clong, a lo largo de sus tres horas y media de monólogo, los mira con aburrimiento, los reconoce de inmediato y los vuelve a lanzar adonde pertenecen: al montón de desperdicios. Clang.

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Artículo de Roberto Aguilar: 'De Rafael Correa ya sólo queda un montoncito de escombros'

A medida que se acerca su final (ya sólo quedan 23 sábados por delante) la vaciedad del discurso presidencial –su reiteración eterna de fórmulas publicitarias– es cada vez más desoladora. ¿Qué interpretación, qué lectura política le cabe a la sabatina que no sea la de constatar la obcecación de un presidente ensimismado en su retórica, un presidente que voluntariamente da la espalda a la realidad que lo rodea? En esta sabatina 504, transmitida desde Yaguachi y especialmente descolorida, se mantuvo fiel a su propia caricatura.

Oírlo decir otra vez “manos limpias, mentes lúcidas, corazones ardientes”.

Oírlo decir otra vez “somos más, muchísimos más, compañeros”

Oírlo decir otra vez “el pasado no volverá”.

Oírlo presumir: “Yo soy enemigo de recibir condecoraciones pero nos han insistido mucho”. Él, que movilizó a sus embajadores en ambos lados del Atlántico para que le consiguieran los títulos honoris causa que su fatuidad cree a la altura del nivel intelectual que se atribuye. Ahora los ministros de justicia de los países iberoamericanos, “por primera vez en la historia”, subraya, sacude el dedo y habla de sí en tercer persona, “le van a dar la Orden Iberoamericana de la Justicia al presidente de la República”. Sólo la recibe, a su pesar, para que no se sientan ofendidos. Y no se da abasto para representar la absoluta  modestia con que acepta semejante distinción.

Oírle farolear: “Nuestras encuestas dicen que ganamos en primera vuelta, hagan las encuestas chimbas que les dé la gana”. Como si sus encuestas fueran las definitivas porque son suyas.

Oírlo clasificar los derechos humanos en dos grupos: “los derechos formales, la libertad de expresión, la libertad de organización”, y “los derechos concretos, reales, el derecho a comer, el derecho a una vivienda digna, el derecho a la salud, a la educación”, que son los derechos por los que dice haber “luchado durante diez años” (en desmedro de los otros, se entiende). Y, sobre la base de esa extraña teoría que busca atenuar la gravedad de los atentados cometidos por su gobierno contra la libre organización y la libre expresión, oírlo concluir que “Nunca en el Ecuador se han respetado los derechos humanos tanto como ahora”. Los que él entiende “reales”, “verdaderos”, claro, no los presuntamente “formales”.

Oírlo mangonear: “A ver si me alzan la mano los ministros”. Y ver a los aludidos obedientes y disciplinados haciendo los que se les manda.

Oírlo satirizar agriamente: “Vamos a tener un enlace muy sano. No puedo hacer bromas sobre mis opositores políticos, no puedo imitar a Nebot porque aquí está mi madre, Normita Delgado, y la mamá del vicepresidente, Normita Espinel, y si imito a Nebot me carajean. Así que pon nomás villancicos Gato, Dulce Jesús mío, vamos a hacer un enlace bastante sano, bastante tranquilo”. Enlace sano: o sea que los otros son enfermos. En homenaje a las señoras, pues, no a la ley electoral que le prohíbe intervenir en la campaña. Y luego oírlo, a pesar de lo dicho, despotricar contra Guillermo Lasso y Cynthia Viteri, dedicarle un video infamante a Paco Moncayo y sí, imitar a Nebot entre las aclamaciones del pueblo de Yaguachi, a esas alturas ya bastante aburrido con la pormenorizada explicación de los salarios del sector público y necesitado de un aliciente humorístico para conectarse, sólo entonces, con el monólogo presidencial.

Oírlo dedicar Mi burrito sabanero a los candidatos de la oposición y verlo fingir las carcajadas que su propio chiste le provoca.

Oírlo funcionar como un maestro de ceremonias bien entrenado que se ajusta a la dinámica de la propaganda. Oírlo pronunciar las frases que marcan las entradas y salidas de las cortinas musicales sin las cuales todo lo que habla carecería de sentido. Oírlo decir “El pasado no volverá, compañeros” para que suene la canción de “Prohibido olvidar ese pasado”. Oírlo decir “Somos más, muchísimos más” para que suene la canción de “Somos más, somos corazón, somos revolución”… Verlo tan satisfecho del producto hueco en que se ha convertido al cabo de los años, un desvaído juguete escénico en manos de los publicistas.

Oírlo llorar lágrimas de cocodrilo sobre el caso de corrupción más impactante de su gobierno, oírlo mentir: “Carlos Pareja Yanuzzeli era referencia de patriotismo, referencia de honestidad”.

Oírlo retorcer los argumentos para salirse con la suya porque en Petroecuador, según él “antes no podían robar mucho porque no había inversión”. O sea que la corrupción es un síntoma de la recuperación económica.

Oírlo inventar excusas para sacar partido: “Si hubiéramos tenido un pacto ético (como el que está proponiendo a través de consulta popular) no se hubiera dado el caso de corrupción en la refinería de Esmeraldas”.

Oírlo afianzar falsos referentes una y otra vez, una y otra vez hasta el hartazgo: “Antes teníamos los peores ejes viales de América Latina”. Ahora los mejores, claro. O bien: “El programa de cocinas de inducción (que fracasó, pero no lo dice) lo utilizan como referente otros países latinoamericanos, el mundo entero”. O bien: “Quito es la capital más hermosa de América Latina”. O bien: Carlos Castillo, el nuevo rector de Yachay, sin duda es el rector más importante en toda la región”. O bien: “Ecuador es el país con la reforma integral más importante de América Latina” en el área de generación de conocimiento. O bien: “Tenemos un instituto especializado para evaluar (al sistema educativo), el Ineval, que es uno de los mejores de América Latina”. O bien: “Con esta propuesta (de la ley de plusvalía) el Ecuador está a la vanguardia del mundo”.

¿Qué puede hacer el comentarista de las sabatinas, minador en un botadero de basura, zapador en un socavón abandonado y oscuro, con esos desechos inservibles de retórica ya gastados de tanto usarlos, con esas piezas anacrónicas que no calzan en ninguna realidad ni sirven para nada? ¿Todavía se puede buscar un sentido en las repeticiones?

Escuchar la canción de despedida con que lo recibió el grupo Quinto Mandamiento (ropas negras, chaquetas de banda militar, cinturones cuajados de remaches, pintas metaleras) y ver al presidente escenificar una ensayada emoción, verlo contener las lágrimas (o fingir que las contiene), llevarse la mano al pecho, tragar saliva y hacer pucheros ostensibles ante el ejemplo más acabado del kitsch y la cursilería que haya parido la música ecuatoriana en mucho tiempo.

Tu luchas estando al frente,
luchando junto a tu pueblo,
sin rendirte, sin cansarte,
sin retroceder jamás.

Devolviste la esperanza
que tu pueblo había perdido.
Son más hechos que palabras,
cumpliste con lo ofrecido.

Hoy tu pueblo agradecido,
triste pero satisfecho,
levantado hoy te dice
desde el fondo de su pecho:

Gracias presidente, gracias Rafael.
Hasta la victoria siempre,
hasta siempre Rafael.

Hoy tu pueblo te despide
triste pero agradecido.
Fuiste inspiración de muchos
y un ejemplo para todos.

Todo ello empacado en las típicas armonías épico-sensibleras que prescribe la receta de las composiciones de villa olímpica. Para la lágrima fácil. Tan a la medida de la vacuidad general del espectáculo sabatino. Tan a la medida de la falsedad de las emociones, de la predilección de las consignas por sobre las ideas que todos los ahí reunidos parecen profesar. Vacío total. Y, por lo mismo, tan conmovedor para Rafael Correa. Tan apropiado, en suma. “Casi me haces llorar, hermano, dale de nuevo”, dispone el presidente y ahí va otra vez Quinto Mandamiento, con emoción redoblada, de espaldas al público para mirar de frente al líder de la revolución ciudadana que ya ocupa el lugar más alto de la tribuna y recibe compungido, de pie, la música que se eleva como el humo de un incensario hasta alcanzarlo. A sus pies, los músicos que llevan las ofrendas. Diríase una imagen devocional, una misa laica y francamente herética. “Gracias presidente, gracias Rafael”.

“Créanme que estoy emocionado por esa canción que no la merezco. Pero nos da mucho ánimo para seguir adelante y borra tanta infamia, tanta tontería de los mismos de siempre, porque ese es el sentir de nuestro pueblo que reconoce lo poco que hemos hecho estos diez años pero con profundo cariño, con total entrega, con manos limpias, con mentes lúcidas y corazones ardientes por la patria”. La nada como mecanismo de evasión de la realidad. ¿Qué puede hacer el comentarista de las sabatinas que no sea constatar ese vacío, ese enorme, mastodóntico desperdicio?


Autor:  Roberto Aguilar

Fuente:  4 Pelagatos

21 de noviembre de 2016

Jorge Glas viola la ley y pide respeto por un carajo

Artículo 93 de la Ley Orgánica de Elecciones: “Los candidatos que opten por la reelección inmediata harán uso de licencia sin remuneración desde la inscripción de sus candidaturas hasta el día siguiente de las elecciones”. No dice “podrán hacer”. Dice “harán”: es mandatorio. Y es exactamente el caso de Jorge Glas, quien inscribió su candidatura a la reelección el pasado miércoles. ¿Qué hacía entonces en la sabatina, en pleno ejercicio de un cargo que no le pertenece, dirigiéndose al país en calidad de segundo mandatario? No sólo que no ha pedido licencia (¿lo piensa hacer? ¿La autoridad electoral piensa exigírselo?), sino que se presenta ahí  por delegación del presidente y, durante más de tres horas y media, se dedica a hacer campaña electoral con fondos públicos. No es una ilegalidad. Son dos.

corrupcion jorge glas articulo roberto aguilar
Jorge Glas violó la Ley Electoral

Dirá que no hizo campaña. Que pidió a las masas que lo aclamaban que pararan de gritar “reelección, reelección”, para cumplir con las formalidades. A la ilegalidad, Glas suma su cinismo. La sabatina de este 19 de noviembre fue un acto de proselitismo en toda regla donde el vicepresidente candidato no sólo acuñó y repitió hasta el hartazgo su nueva consigna de campaña (“en el nuevo Ecuador nadie está solo”) sino que se presentó a sí mismo, en videos con música de epopeya y testimonios lacrimógenos, como el héroe de la reconstrucción de Manabí y Esmeraldas, el artífice del acuerdo comercial con la Unión Europea, el gestor de los proyectos hidroeléctricos que han transformado el país, el interlocutor de los grandes inversores de la China, el inspirador de los jóvenes emprendedores… Más aún: lanzó lodo con ventilador contra los otros candidatos. Le dedicó un video infamante a Mauricio Pozo, quien compite por el cargo que él debió abandonar el miércoles, y se comparó con él, ventajosamente por supuesto. ¿No es eso campaña electoral con fondos públicos, señores del CNE? ¿Seguirá haciéndose el tonto Juan Pablo Pozo?

“Dejaremos la vida en la reconstrucción de Manabí y Esmeraldas… Tardará tres años… Costará más de lo previsto…”. ¿No es una oferta de campaña?

“El presidente me encargó recuperar el sector eléctrico y el sector de las telecomunicaciones”.

“Cuando llegué al Fondo de Solidaridad yo tenía una visión energética muy clara”.

“Agradezco al anterior ministro de sectores estratégicos. Fui yo. Jaja”

¿Esto va a seguir ocurriendo cada sábado? Porque la presencia de Rafael Correa ya no suma. La de Glas, en cambio, es electoralmente rentable. Y esta semana estaba cantada. Fue la semana de la visita del presidente chino y es Glas el hombre de los negocios con la China. ¡Si hasta envió allá al tránsfuga de su tío para que los hiciera de incógnito! Fue también la semana de la inauguración del proyecto hidroeléctrico Coca Codo y fue Glas –encajado en un casco de ingeniero, arremangada la camisa obrera– quien presidió la ceremonia de épica new age y luces estroboscópicas. Días antes se había firmado el convenio comercial con la Unión Europea que los correístas llaman “acuerdo multipartes” para no decir “tratado de libre comercio”, y otra vez fue Glas el que viajó a Europa para estampar su firma en el documento. ¿Cómo no iba ser suya esta sabatina?

Pero, sobre todo, la presencia del candidato-vicepresidente era necesaria en el show de este sábado porque tiene una imagen que limpiar. Y lo hizo a carajazo limpio, que así es como se arreglan las cosas desde esa tarima. Con enjundia. Con vestiduras rasgadas y dientes rechinantes. Con una indignación moral que no le queda. Iracundo salió a responder al diario La Estrella de Panamá, que lo vinculó con operaciones de lavado de activos, y a todos cuantos recogieron esa denuncia en Ecuador, empezando por Tania Tinoco que públicamente le exigió explicaciones. Todo un gallito el vicepresidente candidato. “¡Respétenme carajo!”, dijo y echó el micrófono hacia un lado de la mesa mientras hacía pucheros.

El responsable político de la corrupción en Petroecuador. El que debería explicar cómo la refinería Esmeraldas, un proyecto presupuestado inicialmente en 180 millones, lleva ya contratados 2.200 millones de dólares y no ha dado los resultados que se esperaban. Él pide respeto por un carajo.

El que gastó otros 1.200 millones de dólares para aplanar un terreno en El Aromo pide respeto por un carajo.

El que envió a su tío a negociar, de incógnito y a nombre del país (pero a sus espaldas), contratos millonarios en la China, pide respeto por un carajo.

El que aparece mencionado en los más gruesos casos de corrupción que han sido denunciados en el Ecuador pero nunca investigados por la Fiscalía y los organismos de control que le son fieles, empezando por las transferencias bancarias de 22,8 millones en las que también su tío es un protagonista. Él pide ahora respeto por un carajo.

El que debería contarnos por qué las hidroeléctricas del sector público, cuya construcción se atribuye y de las que tanto se precia, por qué Manduriacu, por qué Coca Codo, por qué Mazar cuestan casi el doble que las hidroeléctricas del sector privado por kilovatio/hora. Por qué la planta de gas de Monteverde, presupuestada en 97 millones, terminó costándole 570 millones de dólares al país. Por qué se echaron 60 millones a la basura en una planta de licuefacción de gas, la de Bajo Alto, que al cabo de dos años  estaba literalmente hundiéndose. Pero en lugar de dar explicaciones el señor candidato pide respeto por un carajo.

Él, que estrecha las manos y facilita los negocios (millonarios, siempre millonarios) de empresarios que encubren sus riquezas y terminan por confesar bajo juramento haber abierto empresas de papel en Estados Unidos, ahora pide respeto por un carajo.

El vicepresidente al que no le queda más remedio que reconocer (sí, lo hizo) que los corruptos lo rodean pide respeto por un carajo. “Si la señora Tinoco cree que tengo colaboradores corruptos…” arrancó impetuosamente y se detuvo en seco, como si se acordara de algo. Completó la frase en voz bajita: “sí, los he tenido”. Y se disculpó, claro. Como se disculpó de ese asesor suyo que andaba pidiendo coimas en el concurso de frecuencias.

Pide respeto por un carajo y reta a los que sospechan a que averigüen quién es él, que pregunten a sus colaboradores (¿a los corruptos?) para que se enteren de cómo tiene las manos limpias y la frente en alto. Indignadísimo. ¡Y que lo investiguen! Que lo investiguen nomás, no descubrirán nada. Fácil decirlo. ¿No dizque  lo investigaron ya en su mismo partido, la mitad de cuyos militantes, incluyendo el candidato a la Presidencia, preferiría verlo fuera de las elecciones? Fácil decirlo cuando se tiene la certeza de que ninguna autoridad judicial en este país va a ordenar una apertura de cuentas, un seguimiento de depósitos y transacciones, una auditoría de negocios. ¿Quién va a descubrir algo si su amigo el fiscal no ve nada, no oye nada, no sabe nada?

Y asegura que los pocos corruptos descubiertos hace diez meses por las investigaciones de Fernando Villavicencio, a quien quiere ver preso y ya tiene orden de captura, están siendo perseguidos ¡por su voluntad! Que son “un puñado de pillos”, un puñado nomás, traidores. Pero ya les caerá el látigo de la justicia. Así dice: el látigo. “Por denuncias nuestras”. Esta clase de caradura viene a pedirnos respeto por un carajo.

Porque  “se han olvidado que yo también tengo derecho a la honra y al buen nombre –dice con exaltación creciente–, soy hijo de alguien, esposo de alguien, padre de alguien, hermano de alguien y además represento a 16 millones de ecuatorianos, ¡soy el vicepresidente de la República!”.

Sí, el Ecuador sabe perfectamente de quién es hijo y de quién es sobrino también. Y porque es el vicepresidente y además candidato a vicepresidente, precisamente porque representa a 16 millones de ecuatorianos, por eso y no a pesar de eso resulta intolerable su cinismo, su falta de transparencia, su manera de ocultarse tras una justicia manipulada. Resultan intolerables sus relaciones oscuras con gente despreciable, con rateros a los que llama amigos y de quienes empieza a renegar cuando caen en desgracia.

El que viola la ley delante del país entero por cadena de radio y televisión pide respeto por un carajo. El usurpador. Porque el cargo que dice ostentar y desde cuyas alturas se dirige hacia los ciudadanos no le pertenece: debió entregarlo el miércoles pasado. Por mandato de la ley. Si a este gobierno le queda un mínimo de decencia, esta debería ser la última sabatina con el candidato Jorge Glas hasta febrero.


Autor:  Roberto Aguilar

Fuente:  4 Pelagatos

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