27 de marzo de 2019

Yunda: la derrota de la clase media quiteña

Por primera vez en décadas, un candidato gana la Alcaldía de Quito con el respaldo de apenas una quinta parte del electorado.

¿Quién es el gran perdedor de la carrera por la Alcaldía de Quito? Parece obvio responder que Paco Moncayo. Desde el primer día y a lo largo de toda la campaña, el candidato de la Izquierda Democrática encabezó todas las encuestas con un margen lo suficientemente amplio como para pensar que era imbatible. Sin embargo, a la hora de la verdad, cayó del 30 por ciento de intención de voto al 17 por ciento de los votos reales y se hundió en un inesperado tercer lugar de la tabla de posiciones: una catástrofe política en toda regla.

Jorge Yunda, nuevo alcalde de Quito
Yunda: la derrota de la clase media quiteña

Pero no: el verdadero derrotado de la elección no fue un candidato particular. Quien este domingo 24 recibió un baño de agua fría (que puede considerarse un baño de realidad en más de un aspecto) fue la clase media quiteña, cuyos representantes en esta elección cayeron víctimas de su propia dispersión y su propia miopía: la suya y la de sus partidos y líderes políticos. César Montúfar, Juan Carlos Holguín, Juan Carlos Solines, Paola Vintimilla: sumadas sus respectivas votaciones representan el 32,5 por ciento del electorado. De haberse unido, como reclamó Mauricio Pozo cuando renunció a la candidatura socialcristiana, habrían derrotado a Jorge Yunda con once puntos largos.

La clase media quiteña, a diferencia de las de otras ciudades del Ecuador, tiene la consciencia de ser un actor político de peso, uno que tumba presidentes e influye en las agendas nacionales. La clase media quiteña percibe a la capital como una ciudad cosmopolita y firmemente encaminada en el siglo XXI.

Es sensible a los debates propios de una ciudad contemporánea, debates que consideran la movilidad alternativa, el ecologismo, el rescate del espacio público, el papel de la cultura... Y, desde los tiempos de Rodrigo Paz (alcalde entre 1988 y 1992), la clase media ha ejercido el liderazgo y ha sido capaz de consensuar proyectos de ciudad encarnados, bien o mal, en alcaldes que tuvieron un amplio respaldo en las urnas.

Todo eso llegó a su fin este 24 de marzo con el triunfo de Jorge Yunda. Por primera vez, un candidato gana la Alcaldía con el voto de apenas una quinta parte del electorado, resultado que proyecta serias dudas sobre la gobernabilidad de la ciudad en los próximos cuatro años. Se trata, además, de un candidato ausente del debate sobre la ciudad contemporánea. Un candidato que propone, por ejemplo, la construcción de grandes viaductos aéreos a lo largo de toda la ciudad como improbable solución al problema de la movilidad; o que promete construir el nuevo estadio olímpico en la mitad del mundo, para darse el gusto de tener un arco en cada hemisferio; o que prodiga ofertas en beneficio de las mascotas sin conexión con ninguna política pública.

Un candidato que realizó una campaña limpia, ciertamente, pero una campaña no basada en un proyecto de ciudad sino en los fuegos de artificio lanzados por su propio personaje: “la campaña del ecuavoley”, la llamó.

No ganó un proyecto, ganó (quizá por obra y gracia del voto obligatorio) un personaje. Uno que necesita urgentemente un proyecto. De ahí su invitación, lanzada ayer, para que Fernando Carrión, uno de los planificadores urbanos más reconocidos de Quito, se una a su alcaldía.

En la dispersión de los candidatos de la clase media quiteña tienen su parte de responsabilidad los partidos políticos. CREO y el socialcristianismo, especialmente, cuyos líderes decidieron desde Guayaquil, en función de estrategias políticas a largo plazo y de espaldas a los intereses de una ciudad que no es la suya, participar en unas elecciones que no tenían probabilidad de ganar. Las élites quiteñas les cedieron esa capacidad de decisión.

Un baño de realidad. La victoria de Yunda desentierra los peores fantasmas de una ciudad que se creyó cosmopolita y de pronto se descubre como la vieja ciudad excluyente dividida por una barrera infranqueable: la que divide al norte del sur, separados por prejuicios, desprecios y resentimientos. Fantasmas atávicos. El ascenso de Yunda recuerda el de ese otro personaje radial de los ochenta: Gustavo Herdoíza, el Maestro Juanito, quien también expresó en su momento esa frontera que es mucho más que geográfica. Más de la mitad del electorado ni lo conoció. Pero él sigue vivo.

¿Quién es Jorge Yunda?

En Quito no necesita presentación. Basta subirse a un bus o a un taxi a las ocho de la mañana, cuando todo el mundo se dirige a su trabajo y el tráfico en la capital es un infierno, para escucharlo hacer gracias, bromear, cantar, comentar el fútbol, reír. Sobre todo, reír. Todo el mundo ríe en el programa ‘Radiación Temprana’, de Radio Canela. Sonora, espasmódica, estrepitosamente. Son las gracias, son los chistes del Loro Homero la causa de tanta carcajada. Médico cirujano de profesión, cantante y compositor de oficio, dirigente deportivo por vocación, empresario radial por interés, Jorge Yunda es, antes que todas esas cosas, un hacedor de gracias.

Hombre de extracción humilde y origen campesino, Jorge Yunda nació en Guano, provincia de Chimborazo, hace 53 años. Siendo él un niño, su familia emigró a la capital, donde se estableció en el popular barrio de San Roque. Ahí el pequeño Jorge se convertiría en un ser más quiteño que la Guaragua. Sus padres, un carpintero y una costurera, son un ejemplo de trabajo y superación. Gracias a su esfuerzo, Yunda se convirtió en el primero de su familia en acceder a la educación universitaria.

Médico cirujano por la Universidad Central, ejerció la profesión en varios hospitales públicos de Quito. Pero pronto su diversidad de intereses lo llevaría a incursionar en otras actividades. En 1989 ya era cantante, guitarrista y compositor de canciones del grupo Sahiro, que tuvo mucho más de un cuarto de hora de fama en la ciudad. Al mismo tiempo, se empieza a desempeñar como locutor de programas de entretenimiento en varias radios. Ese es el trabajo con el que terminaría por quedarse. El que le dio fortuna.

En el 2000, Yunda empieza a adquirir sus primeros equipos y sus primeras emisoras, por lo general repetidoras en provincias. Para el 2006 ya se ha convertido en un personaje radial lo suficientemente popular y lo suficientemente populista como para despertar el interés del fenómeno político del momento: Rafael Correa. A partir de entonces su ascenso fue meteórico. Un año más tarde ya se ha convertido en el presidente del Consejo Nacional de Radio y Televisión, Conartel. Inaudito: un dueño de emisoras y concesionario de frecuencias, al frente del organismo de control de las emisoras y de las frecuencias. Así era el correísmo.

Según la organización Fundamedios, que le siguió los pasos y escribió varios informes sobre sus actividades, su huella por el Conartel sirvió a Yunda para dictar los reglamentos que luego empleó para construir su imperio mediático, uno de los tres más grandes del país que fueron denunciados por la Contraloría en su informe de mayo de 2018.

Dependiendo del pie con que se levanta de la cama, Yunda puede confirmar o desmentir la existencia de ese imperio. “No son 35 (frecuencias), son 50”, respondió cínicamente, en un tuit, cuando Fundamedios presentó su primer informe. Luego ha dicho que no son suyas. En realidad son 46, y pertenecen a una docena de tramas societarias. El cruce de la información bancaria de estas sociedades conduce invariablemente a los mismos nombres: los de la madre y la hermana de Yunda. La Contraloría no tiene dudas: Yunda es, gracias al correísmo y a pesar de la Ley de Comunicación del correísmo, uno de los mayores concentradores de medios de comunicación en el país.

De las radios de Yunda proviene su poder. Ese poder que lo llevó a convertirse en el primer presidente civil del club de fútbol El Nacional. No le fue bien: salió antes de terminar su período, dejando un equipo en crisis económica y un plantel que llevaba sin cobrar dos meses. Pero ya en ese entonces tenía otras ambiciones: siempre de la mano del correísmo y de sus radios, en 2017 se convirtió en legislador por Pichincha, con una masiva votación en el distrito sur de Quito que despertó su codicia por la Alcaldía. Fue de aquellos asambleístas que mantiene el perfil bajo. Y cuando su partido se dividió optó por la posición más predecible: quedarse con quienes tienen el poder.

El correísmo quiere más

Luisa Maldonado, candidata correísta a la Alcaldía de Quito, dio el campanazo al ubicarse en segundo lugar, por encima del general Paco Moncayo. Pero su 18,4 % de los votos no es una sorpresa para nadie: corresponde al correísmo duro. Ella quiere más. Ayer anunció su voluntad de impugnar los resultados, pues considera que el CNE hizo fraude.


Autor:   Roberto Aguilar

Fuente:  Diario Expreso


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