21 de agosto de 2018

Carta abierta de un venezolano a los ecuatorianos

Estimados ecuatorianos, veo prudente empezar estas líneas pidiéndoles disculpas si es que algún venezolano les hizo sentir mal o consideran que les hizo un daño a los tuyos. Para mí es inaceptable y perturbador el maltrato físico, verbal o psicológico. No hay excusa, ni mucho menos motivos o explicaciones para maltratar o amedrentar a alguien que está en su casa.



Yo sé que es un tema sensible el que hoy les quiero contar; pero, la tristeza es mucha y quiero desahogarme con ustedes. Este tema de la afluencia masiva de venezolanos llegando al Ecuador es tan nuevo para ustedes como para nosotros. Venezuela nunca fue un país de familias que escapaban y salían caminando por la frontera para pedir dinero y tener algo con qué comer. Les juro que todo esto es nuevo para nosotros. De hecho, paradójicamente, yo recuerdo que cuando alguien salía del país era por turismo y lo hacía porque tenía dinero y regresaban al país donde estaba sembrada su vida. Y si no me creen, busquen cuántas familias alemanas, italianas, americanas y asiáticas se instalaron durante décadas cómodamente en nuestro país por ser un destino lleno de riquezas y oportunidades de todo tipo.

Hoy quienes se van de Venezuela lloramos, lloramos muchísimo al dar un último abrazo a los suyos. Un último abrazo que es desgarrador como si quisieras que nunca se acabara. ¿Y saben por qué? Porque quienes salimos de Venezuela lo hacemos con angustia sabiendo que regresar no está en nuestras opciones, ni siquiera en nuestras posibilidades económicas. Ese último abrazo es la incertidumbre de qué pasará con nuestras vidas después de agarrar las maletas. No salimos porque queremos sino que corremos porque lo necesitamos. Dejamos nuestra vida con un dramático boleto de ida y sin retorno porque cualquier cosa que hagamos aquí afuera nos permitirá ayudar mucho más a quienes dejamos en nuestro país y que tanto lo necesitan.

venezolanos en Ecuador
Miles de venezolanos llegan todos los días a Ecuador

Imagínense la magnitud de este problema social en el país conocido como potencia petrolera que muchos prefieren pasar por todo esto antes de seguir allá. Aun así, estos días he visto en redes sociales a algunos ecuatorianos exigir y reclamar al gobierno nacional y local el cierre inmediato de las fronteras, deportar a los venezolanos que están llegando por el Puente internacional de Rumichaca y otros se permiten hasta usar el tono chistoso de pedir que pongan una bomba en los albergues habilitados por la municipalidad de la capital de Ecuador donde hoy se refugian mis paisanos. Leo esto y hago una pausa con agonía porque cualquiera de ellos puede ser mi familia.

No voy a caer en detallar la similitud que este país vivió con la migración ecuatoriana a Europa o Norteamérica, no lo voy hacer sencillamente porque de seguro también fue un capitulo doloroso de la historia de este país que separó familias y dividió pueblos. ¡Nadie quiere irse de su casa de esa forma! Yo solo voy compartir la enseñanza de mi mamá cuando siempre me decía que el vecino es el familiar más cercano. Pensar en el prójimo no es pecado ni mucho menos es un sinónimo de apátrida sobre todo cuándo el vecino sufre los problemas de la hegemonía del poder y la democracia disfrazada de un socialismo que ha dejado tantos muertos y que parece ser un hueco sin fondo donde cuesta creer en un final feliz.

Si me lo preguntan, era muy feliz en Venezuela. Venirme nunca fue opción hasta que se convirtió en la solución. Di clases en universidades, narré noticias en televisión nacional, mi trabajo como periodista era reconocido, tenía un montón de amigos y podía ver todos los días a mi mamá… Pero, me robaron las ganas, me robaron las esperanzas. Salí de mi país porque no encontré más oportunidades, porque vivir con miedo no es vivir. Estar con el Credo en la boca y la “suerte de vivir”, nadie lo merece. Corrí de mi país porque me sentía deprimido y estancado por no poder aportar, producir y mucho menos aspirar. No tenia espacio. Una percepción muy propia que cualquiera podría diferir; pero, que al final, fueron mis motivos y mis circunstancias.

Ese país de dónde vengo hay gente de todo tipo. Gente buena y mala; gente amable y déspota; gente trabajadora y vaga, ya saben, como en cualquier país del mundo y su diversidad. Sin embargo, mucho cuando salimos, lo hacemos con las ganas de trabajar en cualquier cosa digna para obtener dinero. No estoy esperando que ecuatorianos, peruanos o colombianos se hagan cargo de los problemas de los venezolanos, yo solo les pido que cuando vean a un paisano piensen que detrás de él; probablemente, tiene una historia llena de batallas y adversidades que nadie quisiera vivir. Y si algo les deseo es que ojalá nunca les toque dejar toda su vida y empezar una nueva en una tierra que se desconoce por completo porque eso duele, duele en el alma. Y si por alguna razón les llegara a tocar… Pues, ¡ojalá encuentren a gente buena como la que encontré yo en este país!

Aquí cabemos todos. Ecuador, me ha dado un hogar que no pude meter en mi maleta cuando me vine y que recuerdo todas las noches antes de irme a dormir. Se me pone el corazón chiquito pensar irme de Quito, con todo y que aun no me acostumbre al frío tanto tiempo después de haber llegado. Siento a esta ciudad que me adoptó y la siento como mi Quito bonito. Este país significa para mí la “suerte” que salí a buscar y que hoy valoro en grado superlativo.

Esta pequeña nación, chiquita en territorio pero enorme de corazón me ha dado montones de alegría: una cédula y una visa profesional que se han convertido en mi fortuna más agradecida. Aquí tengo una familia que no distingue acentos sino sentimientos. Vivir o revivir aquí ha sido una oportunidad única, una oportunidad que a nadie se le puede quitar.

Con cariño y agradecimiento infinito, Luis Eduardo.

Autor:  Luis Eduardo Ynciarte

Fuente:  Blog personal

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