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11 de octubre de 2017

El drama en un acto de ser asambleísta correísta



Atrapados y sin salida lucen los asambleístas de Alianza PAIS. Cualquier decisión que tomen es pésima para sus intereses. Si no hacen juicio político a Glas son cómplices confesos de corrupción. Y lo saben. Y si lo hacen admiten que la corrupción –como es obvio– es un rasgo innegable del correísmo.

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Artículo de José Hernández: "El drama en un acto de ser asambleísta correísta"

Creen que haciendo lo que hacen son leales a Correa, pero saben que Lenín Moreno es el administrador indiscutible de la nueva realidad política. Defienden la reelección indefinida como lo desea Correa desde su ático belga. Pero saben que el expresidente tiene más pasado que futuro y que el país seguramente lo inhabilitará en la consulta.

Solo ahora esos asambleístas miden el nivel político tan paupérrimo al que llegaron. Saben, como reconoció Virgilio Hernández, que no fiscalizaron. Que confiaron demasiado. Que debían haber mantenido las tendencias en el partido. Saben, como dice Miguel Carvajal, que sucumbieron a la disciplina partidista… Todo eso se empieza a oír. Como detalles, como meras deficiencias de un proceso que siguen defendiendo.
La procesión va por dentro.

Su drama no es tener que aceptar que Jorge Glas y otros funcionarios y militantes estén acusados de corrupción. Su drama es tener que contradecir al dueño del proceso. Porque al hacerlo, tienen que aceptar la realidad sin la hojarasca retórica que los hechos han pulverizado. Y esa realidad dice que ellos secundaron, en plena bonanza, un sistema autoritario y corrupto y se acomodaron en él convirtiendo la política en obediencia obcecada a un caudillo. En religión.

Los cínicos y corruptos saben que se cerró un capítulo y que ahora o quizá más tarde podrían encontrarse ante un juez. Los que no han robado, ahora saben que llevan diez años defendiendo sofismas, medias verdades, legitimando persecuciones y cerrando los ojos ante fortunas mal habidas.

Corruptos y honestos, unidos por las mismas prácticas partidistas, están paralizados. Los une ese perfil que resulta de haber repetido el mismo discurso, plegado ante las mismas presiones, socapada las mismas acciones, servido al mismo señor. Ellos son el producto político específico del correísmo: seres leales al líder. Arrogantes. Superiores moralmente al resto. Dueños de la historia y su sentido. Aptos para repetir discursos prefabricados. Expertos en falacias. Seres indiferentes a la ética. Fieles al partido. Capaces, si les piden, de ver linternas donde solo hay cocuyos. Cobardes para defender sus convicciones personales. Ciegos ante la ignominia. Persuadidos de que la plata del Estado es plata suya. Ellos son los políticos que parió la era Correa. Seres dependientes que funcionan con un líder todopoderoso que define el rumbo, marca los tiempos y pauta las tácticas.

Hoy saben que ese líder no cambió la política. La infantilizó. La convirtió en actividad de boy scout. Cada uno de ellos es parte de una de esas tres generaciones de políticos que quedarán marcadas por esta experiencia de obediencia ciega, de cinismo extremo. Políticos capaces de hacer leyes sobre medidas y hablar de instituciones que, en realidad, son correas de transmisión de su partido, con fiscales y jueces a su servicio.

El bloqueo en que se hallan los asambleístas de Alianza País es una confesión no pedida. Es la muestra más patética del nivel político paupérrimo al que llegaron. Y del cinismo aparatoso que volvieron hábito. Protegieron a Jorge Glas. Nunca lo fiscalizaron. Le tendieron alfombra roja. No lo citaron. Evitaron el juicio político. Mintieron haciendo creer que un juicio político necesita pruebas penales. Dejaron que Glas hiciera show político. Qué no hicieron, siguiendo las instrucciones del señor del ático. Los cínicos y corruptos saben que la cuerda se usó, que pueden ir presos y que con su retórica pedalean en el vacío. Los honestos saben que todo lo que hicieron suma entre las evidencias de su complicidad con la corrupción.
Todos están midiendo su imposibilidad política –y ahora existencial– para admitir que el modelo que adoraron ciegamente durante una década es una aberración que tocó techo.

Hoy el problema ya no es Glas ni el señor del ático: son ellos.


Autor:   José Hernández

Fuente:   4 Pelagatos
El drama en un acto de ser asambleísta correísta
4.3

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