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10 de febrero de 2016

El Carnaval del correísmo se juega a palazos



“–Vecina, ¿qué va a hacer en este carnaval? –Me voy a la playa, vecinito. –Me muero, ¡qué suerte!…”. Así, con un diálogo coloquial mantenido entre personajes dizque populares, arranca la cuña sobre la seguridad en las playas que la Secom difundió este año en cadena de radio. Una atmósfera de encantadora proximidad y buen rollito para despachar un mensaje disciplinario.

Artículo de Roberto Aguilar: El carnaval del correismo se juega a palazos
La Policía Nacional impide a los jóvenes el juego de Carnaval en el parque de la Alameda, en Quito

El diálogo se desarrolla con inverosimilitud pasmosa. “No se olvide vecina de tener en cuenta las siguientes recomendaciones”, parlotea el improbable personaje y uno se lo imagina desplegando el boletín del ministerio de Turismo ante los ojos de la incauta: imagen paradigmática del vecino que nadie quiere, pesadilla del barrio y prohombre de la revolución correísta. “Con la bandera amarilla el baño está permitido”, dictamina con tono buenoide. “Con la bandera roja el baño está prohibido”.

Prohibido/Permitido: antinomia fundamental alrededor de la cual se organiza la vida cotidiana del Ecuador correísta, cuya versión idílica se encuentra recogida en las cuñas de la Secom. Costumbrismo orwelliano, podría llamarse a este nuevo estilo de comunicación pública. El punto no es que una bandera roja en una playa advierta a los bañistas de potenciales peligros, no: el punto es que señala una prohibición. Con eso basta. Y la bandera amarilla no significa que no hay riesgos: comunica que los ciudadanos tienen permiso del Estado para meterse al mar. Porque lo necesitan, se sobreentiende.

Propagandas del gobierno para informar cuándo “está permitido bañarse” y cuando no. Propagandas dirigidas a los propietarios de locales playeros, a los que en nueve años de bonanza petrolera no se dotó de agua potable y alcantarillado, para advertirles que habrá “control de funcionamiento de servicios higiénicos” y quienes no tengan los suyos en óptimas condiciones “serán objeto de importantes sanciones”. Propagandas para dar a conocer a la ciudadanía los horarios en los que está permitido emborracharse. Propagandas para anunciar que la prohibición de beber alcohol los días domingos “se traslada por esta ocasión al día martes”.

En el feriado anterior, el de nochevieja, el tono era el mismo. La lista de prohibiciones asociadas a la quema de años viejos y el festejo callejero era de tal magnitud y enredo que ese simple acto tradicional de algarabía popular se convirtió en una complicación riesgosa que podría convertir a cualquiera en un fuera de la ley. La propaganda oficial se ocupó de poner a la ciudadanía sobre aviso y el patrullaje constante de la Policía completó, la noche del 31 de diciembre, el ciclo de la intimidación. En la esquina de una plaza Foch que a las nueve de la noche empezaba ya a apagarse, una patrulla policial con la baliza de luces azules y rojas encendida y tintineante, enceguecedora, era la presencia más visible. A esa hora, en el bulevar de la Naciones Unidas, media docena de chicos intentaban prender fuego a un muñeco de trapo y eran de inmediato rodeados por siete policías, ¡siete!, en sus respectivas motos. Y en el otrora explosivo barrio de La Floresta, el lánguido festejo circunscrito ahora a un único año viejo instalado en su plaza central era interrumpido por la sirena de otra patrulla que, también con la baliza encendida, apuraba el paso de los transeúntes y ordenaba a los autos que no impidieran la circulación. ¡Que circulen! ¡En plena nochevieja! A las diez de la noche la ciudad de Quito, que se ha caracterizado por despedir al año en la calle, era un cementerio.

Ahora es la Policía la que marca el ritmo de la fiesta tradicional ecuatoriana. A los muchachos de los colegios Montúfar y Mejía, que como todos los años jugaban carnaval en la avenida Napo y en la laguna de La Alameda, respectivamente, les cayó encima la Policía montada y los dispersaron a palo y gases lacrimógenos. ¿Hay derecho? Su festejo es una tradición de la ciudad, una costumbre que la gente mira con simpatía porque mantiene viva la alegría y, salvo eventuales excesos que se pueden evitar, no causa daño a nadie. La obligación de las autoridades no es prohibir que los chicos se diviertan, sino protegerlos mientras lo hacen. Este año el carnaval de los colegios terminó en batalla campal porque en la administración pública hay tipos peligrosos que creen que eso de meter a los adolescentes en vereda es, como todo lo demás, una competencia del Estado.

Vivimos tiempos grises. Hasta la más inofensiva manifestación pública de alegría pone nervioso al poder si es espontánea. Y cuando el poder se pone nervioso manda una decena de gorilas en caballos a repartir gas y palo, que es lo que el ministro José Serrano llama “uso progresivo de la fuerza”. En su enfermiza y absurda manera de concebir la relación entre el Estado y la sociedad, el correísmo piensa que debe controlarlo todo, planificarlo todo, ordenarlo todo. Que la felicidad se decreta y se administra. Que la fiesta se somete a un guión preestablecido. Y que todo lo que se encuentre por fuera de ese libreto debe ser prohibido. Lo que el correísmo quiere hacer con nosotros, a palazos si es preciso, es uniformarnos el alma.


Autor:  Roberto Aguilar

Fuente:  4pelagatos.com
El Carnaval del correísmo se juega a palazos
4.3

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