27 de febrero de 2016

Correa con nube de guardaespaldas en un recinto militar

Demasiado inseguro parece sentirse Rafael Correa entre los militares. La víspera fue a sacar su nueva cédula de identidad en el Registro Civil de Naciones Unidas y Amazonas y llevó menos guardaespaldas que este viernes 26 a la Escuela Militar de Parcayacu. Tal cual. Iban seis a la carrera, tres a cada lado del Tiuna (esa especie de Hummer venezolano que usa para sus entradas triunfales), dos a bordo con él, de pie, a sus espaldas, y otro sentado adelante junto al chofer. Con el auricular en la oreja, el traje oscuro, la camisa blanca, la corbata roja, alguno con la manta blindada propia de las ocasiones peligrosas, se desplazaron todo el tiempo junto al presidente, rodeándolo y mirando ostensiblemente a todos lados, la mano próxima al interior de la chaqueta como si la amenaza fuera inminente, listos para defenderlo de… ¿los militares?

editorial opinion roberto aguilar
Artículo de Roberto Aguilar: Correa con nube de guardaespaldas en un recinto militar

La ceremonia de cambio de mando de las Fuerzas Armadas estuvo plagada de mensajes políticos verbales y simbólicos. La transmisión de El Ciudadano TV, ese órgano de propaganda correísta que pagan los contribuyentes, fue bastante selectiva. No mostró, por ejemplo, a los militares en servicio pasivo cuando permanecieron sentados (sólo ellos) en el momento en que el presidente arribaba a la gran tribuna. La cámara se mantuvo instalada de tal manera que los funcionarios del gobierno (ministros, subsecretarios, asambleístas, procurador, contralor, fiscal, miembros del Consejo de Participación Ciudadana, de la Judicatura y un largo etcétera) ocuparan la mayor parte del tiempo toda la pantalla, aplaudiendo al presidente.

En el inmenso Campo de Marte formaban los bizarros cadetes con sus sables y sus uniformes de parada: penachos, botones, charreteras, palas, trencillas, cordones dorados… Todo tan elegantemente marcial y tan inquietantemente prusiano. A un costado de la gran superficie de cemento, justo frente a la tribuna, la consigna “Por tu valor la Patria existe”, escrita con grandes letras de bulto, parece haber sido colocada para recordar a las autoridades civiles el altísimo concepto que los dueños de casa tienen de sí mismos.

Mensaje político para buenos entendedores: entrega de un pergamino de reconocimiento al soldado Carlos Alfredo Bastidas, ex combatiente de Palupali, una batalla de la guerra del 41. Mire usted, señor presidente, que en esta institución cuajada de héroes ya dábamos la vida por la patria cuando su madre no pensaba ni en parirlo. Entra el anciano trabajosamente, asistido por dos acompañantes que lo sujetan de los brazos, y Correa le soba las mejillas con ambas manos como si estuviera de visita en un asilo en tiempo de campaña electoral. Resplandor de flashes fotográficos. Clic, clic.

Las cámaras de El Ciudadano TV, especialistas en acosar a las personas, se engolosinan enfocando al coronel Mario Pazmiño, el jefe de inteligencia militar en los días del ataque de Angostura, como para recalcar a su audiencia la perversidad del lado oscuro de la fuerza. Ya vendrá el presidente a llamarlo traidor a la patria. Por lo demás, la ceremonia se desarrolla con la formal solemnidad que manda el protocolo. Se anuncia a las unidades élite de 2015, altos oficiales las condecoran, una aflautada maestra de ceremonias lee el Decreto Ejecutivo que designa al nuevo Alto Mando de las Fuerzas Armadas, oficiales entrantes y salientes se cuadran por parejas, tocan su diana las cornetas, sobrevuelan los aviones supersónicos, izan los nuevos gallardetes en las astas de las tres ramas, en fin, lo de siempre. Lo importante vendrá luego, una vez cumplido el traspaso del mando y dado el parte respectivo al presidente, cuanto llegue el momento de los discursos.

Habla Luis Garzón, jefe saliente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas. Dice “ataques injustificados”. Dice “intentos de desprestigiar a la institución”. Dice “brotes de politiquería e intereses personales”. A cada una de estas frases siguieron sonoras ovaciones, vivas y gritos de aliento. También entre aplausos se queja por el rancho, de apenas tres dólares al día para desayuno, almuerzo y merienda. Opina que lo más importante para un militar es el reconocimiento de sus subalternos. Y se manda, sobre todo, dos molonazos dirigidos a la tribuna de autoridades civiles. Uno: “Juramos defender a la Patria en el pueblo, pues la Patria es el pueblo y nada debe estar sobre su decisión democrática y soberana”. Dos: “Las Fuerzas Armadas han sido y serán siempre la columna vertebral de la nación. Trascienden circunstanciales liderazgos, veleidades políticas o personalismos. Representan la historia y constituyen el futuro del Ecuador”.

Habla Oswaldo Zambrano, el nuevo jefe del Comando Conjunto y dice, básicamente y con un tris más de diplomacia, lo mismo. Que la obligación principal de las Fuerzas Armadas (entiéndalo quien quiera) es proteger los derechos, libertades y garantías de los ciudadanos. Que le preocupan “las voces que desconocen la historia y tratan de socavar la unidad y atentar contra el prestigio de la institución”. Que las Fuerzas Armadas, “más allá de intereses y comentarios”, son “el bastión inexpugnable de la Patria”. Y que “es imprescindible que recobremos el espíritu de respeto. Exigimos respeto”. Ovación, vivas, gritos de aliento. Se viene abajo la tribuna.

No pudo evitar El Ciudadano TV que los aplausos dirigidos a Rafael Correa, quien habló a continuación, sonaran lánguidos y tímidos en comparación con lo que acababa de escucharse. Y tampoco pudo evitar que el presidente contara lo que tanto se esforzaron sus camarógrafos en ocultar: que alguna gente protestó (“los de luto”, dijo Correa) y que varios generales del servicio pasivo (“malcriaditos”) se levantaron y abandonaron el lugar cuando el presidente se preparaba para iniciar su discurso. Si el presidente fuera periodista de El Ciudadano ya lo habrían echado.

Rodeado de guardias de seguridad que lo protegían celosamente, como si avanzara entre filas enemigas y no en medio de oficiales de sus propias Fuerzas Armadas, el presidente llegó hasta el podio de los oradores y habló poco más de treinta minutos. Su discurso fue una montaña rusa emocional en cuyo trayecto se desgañitó, desorbitó los ojos, se volvió a atribuir el inexistente cargo de “comandante en jefe”, e hizo toda clase de aspavientos. Pero sin telepronter Correa no es Correa. No está cómodo.

Todo lo que dijo puede ser entendido como un esfuerzo por poner a los militares en su sitio. Habló con la profunda indignación que le producen todas aquellas cosas de las Fuerzas Armadas que ha socapado por nueve años: las diferencias injustas con la sociedad civil, los privilegios, las inequidades, el rancho miserable del que dijo no haber tenido noticia hasta la fecha, la desproporción de algunas jubilaciones, tantas y tantas miserias que va a empezar a cambiar por decreto, desde las desorbitantes cesantías subsidiadas por el Estado hasta la calidad de las vajillas en que comen los altos oficiales. Se acaba de enterar de tantas cosas el Presidente, en éste, su último año de gobierno, que apenas si le queda tiempo para ejecutar la revolución que las Fuerzas Armadas necesitan. Lastimita.

A la ceremonia en el Campo de Marte siguió un coctel bajo techo que no fue transmitido por los medios correístas pero es posible imaginarlo lleno de tensiones, caras de palo, gestos diplomáticos y probables indirectas. La frialdad con que los oficiales estrecharon la mano (es un decir) del ministro de Defensa Fernando Cordero, por ejemplo, debe haberse multiplicado al infinito después del discurso pronunciado por Correa. Un discurso que sus fanáticos ya califican de “histórico”, como tuiteó el ministro de Cultura Guillaume Long, irredento groupie del comandante en jefe. Histórico, en efecto. A estas alturas semejante título no debe significar mucho. Desde que Correa está a cargo, la historia es cualquier cosa.


Autor:  Roberto Aguilar

Fuente:  4pelagatos.com

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