7 de febrero de 2016

¿Alguna vez este señor dice 'lo siento'?

Rafael Correa es predecible. Puede hablar sin pausa durante cuatro horas seguidas o más, como ocurrió este sábado en su monólogo semanal número –67 (en la cuenta regresiva), pero hay cosas que, lo sabemos, no dirá nunca. Protestará contra los gorilas turcos del presidente Erdogan que golpearon brutalmente a siete mujeres ecuatorianas en Quito pero no dirá que las golpearon brutalmente, no se solidarizará con ellas ni se preguntará: ¿quién permitió a estos tipos actuar de esa manera? La emprenderá contra el depuesto alto mando militar por negarse a devolver 41 millones de supuesto sobreprecio que obtuvieron por la venta de unos terrenos al ministerio del Ambiente, pero no dirá una palabra sobre las autoridades civiles que autorizaron esa compra ni se preguntará: ¿quién era ministro del Ambiente en ese tiempo?

editoriales sobre Rafaeal Correa
Artículo de Roberto Aguilar: Alguna vez este señor dice 'lo siento'?

Siempre se moverá Correa dentro del límite de lo predecible. La única novedad que hoy cabe esperar de él en las sabatinas son sus caprichosas definiciones. Como ésta que despachó alegremente ante una pregunta de su traductor quichua: ¿qué cosa es el cuscús? “Es una especie de arroz africano”. ¿Alguna vez este señor dice “no lo sé”?

La primera hora, como ya es usual, la dedicó el presidente a pulir sus cifras en el académico intento de demostrar que el Ecuador es la envidia de América Latina. Lleva ya tres sábados en ese empeño. El segmento se llama “Mentiras y verdades” y esta vez trató sobre los datos del crecimiento económico. Dijo que, para saber qué tan bien le va al país, no sólo hay que considerar la cifra del último año, que no es buena (ni siquiera se refirió a la del próximo, que será peor), sino el promedio de todos los años de bonanza petrolera bajo su mandato. O sea que si en 2016 el Ecuador colapsa y lo pierde todo, nuestra situación no será la de un país que lo ha perdido todo, no. Académicamente, la situación del Ecuador será el resultado de sumar lo ganado en los años anteriores y dividirlo para diez. La envidia de América Latina.

Semejante explicación dejó el terreno preparado para pasar a lo siguiente: el tema de los 41 millones de dólares que el gobierno debitó de la cuenta del Instituto de Seguridad Social de las Fuerzas Armadas (Issfa). No es que los necesite ansiosamente, a quién se le ocurre. Es un acto de elemental justicia. Porque el terreno que el Issfa vendió hace cinco años al ministerio del Ambiente en los Samanes no costaban 48 millones, como se pagó entonces, sino apenas 7. Más de media hora utilizó el presidente para contar todo lo que el Issfa ha recibido del Estado y cuán perversos son los miembros del alto mando militar que aparecieron en rueda de prensa para quejarse por lo que consideran una intromisión en sus finanzas. Insolidarios que quieren volver el país a su más negro pasado.

Lo que no explicó Correa es cómo diablos hizo para que un problema administrativo termine solucionándose con… ¡el descabezamiento de la cúpula militar! ¿Por 41 millones? ¿No hay fusibles? ¿No hay protocolos? ¿Para qué sirve el ministro de Defensa? Tampoco habló Correa de los responsables civiles de esta transacción que hoy califica de ilegal. Esos funcionarios que autorizaron la compra de un terreno por siete veces su valor ¿no van a decir nada? ¿Ni siquiera van a dar la cara? Marcela Aguiñaga era ministra de Ambiente en ese tiempo. ¿Va a pasar de agache? Correa ni la nombra. ¿Hay algo que no nos ha dicho? ¿Está protegiendo alguna cosa? De ser así, y a juzgar por el precio que está dispuesto a pagar (las cabezas del alto mando militar, nada menos), puede pensarse que es mucho. ¿Hay que seguir preguntando?

Esa es la sensación predominante de las sabatinas: la de un presidente que no se hace las preguntas correctas. No puede o no quiere, el caso es que no se las hace. Por ejemplo, cuando anunció que una de las estrategias para generar nuevos empleos es contratar a 3 mil personas para que etiqueten productos chinos, bien se pudo preguntar si esa medida extrema no es propia de un país cuyo aparato productivo está, por decirlo suavemente, en problemas. Pero no lo hizo. Al contrario. Siguió enumerando soluciones parecidas mientras proclamaba las bondades de su modelo. Y así, con normalidad pasmosa, terminó anunciando el retorno de la flexibilidad laboral como si no llevara años hablando pestes de ella. Trabajos por horas, contratos de plazo fijo, pasantías por salarios inferiores al mínimo, contratos discontinuos en agricultura y pesca, en fin, tantas “cosas creativas” que  “antes se usaban de mala manera”. En dos semanas enviará la propuesta de reforma a la Asamblea “para capear el termporal que estamos enfrentando”. Una reforma que será la envidia de América Latina, sin duda.

Finalmente llegó al último gran tema de importancia de este sábado: el escándalo de los gorilas turcos de Erdogan, su nuevo amigo fascista. El caso es conocido: el jueves 4 de febrero el presidente turco dictó una conferencia en el IAEN, una de las universidades correístas, y sus propios gorilas se hicieron cargo del operativo de seguridad, desplazando a la fuerza pública ecuatoriana. Siete mujeres que acudieron al acto para gritarle en la cara lo que le gritan, por qué será, en todo el mundo (“asesino” y “genocida”), fueron brutalmente golpeadas por esos guardias a vista y paciencia de los uniformados nacionales y de los académicos correístas, que sienten una sospechosa inclinación por este tipo de personajes. La pregunta obvia es: ¿cuál fue la autoridad ecuatoriana que permitió que ocurriera tamaño despropósito? Esta pregunta, claro, no se la planteó Correa.

Para el presidente lo ocurrido “es inaceptable”, “es gravísimo”. Dijo que los gorilas turcos “no tienen derecho”. Que se presentará protesta escrita a la embajada de ese país. Y se preguntó “por qué no actuó nuestra seguridad”. Por qué la Policía Nacional se dejó arrebatar ciudadanas ecuatorianas por los turcos. Cualquiera, al oírlo, podría pensar que los uniformados del país fueron superados en el terreno y que perdieron el control del operativo al calor de los acontecimientos. Él sabe perfectamente que eso no pudo ocurrir así. Que cuando hay una visita presidencial el protocolo es muy estricto. Ningún detalle queda librado al azar, especialmente en el ámbito de la seguridad. Sabe perfectamente que hubo una reunión para planificar el operativo de seguridad para la conferencia de Erdogan en el IAEN. En esa reunión, en la que sin duda participaron funcionarios de ambos países, se decidió ceder el control a los gorilas turcos. Esa resolución la tomó una autoridad ecuatoriana, o varias. A ellas, no al embajador turco, tiene que dirigirse la rabieta de Correa. En su lugar, las encubre.

No sólo eso: Correa admite que los turcos cometieron excesos. Aun así es incapaz de dedicar una palabra de solidaridad a las víctimas. Por la decisión de un funcionario ecuatoriano siete mujeres fueron golpeadas brutalmente por gorilas extranjeros y a él le da lo mismo. ¿Alguna vez este señor dice “lo siento”? Las víctimas le valen tres atados. Este desprecio tiene una explicación: ha identificado que algunas de ellas son del MPD. O sea que se lo merecen. Peguen no más, gorilas, peguen no más. ¿Cómo no se lo van a merecer si son –dijo estas palabras sin sonrojarse siquiera– “unas malcriadas”? “Qué pena, qué daño que le hacen al país”. Más que un daño: una ignominia. Porque ellas, dijo Rafael Correa, ellas y no los gorilas de Erdogan, ellas, “humillaron al país”. Lo dijo dos veces. Ahora tienen que llamar al embajador turco, al mismo embajador al que supuestamente iban a pedir explicaciones por algo que saben que no es su responsabilidad. Ahora lo van a llamar para disculparse. Tal cual. Lo dijeron al alimón el presidente y su canciller, Ricardo Patiño.

Porque las víctimas tienen la culpa. “Van a hacer difícil nuestro trabajo internacional”, se quejó el ministro. Y Correa: “humillan al país y nos crean un conflicto diplomático muy serio”. Así es como el correísmo concibe a la sociedad: como una extensión de Estado. Si por motivos de Estado Correa y Patiño traen al país a Jack el Destripador, la sociedad entera debe formar filas con sus objetivos y no abrir la boca para protestar. Todo el mundo a portarse bien y no dar motivos de queja con la visita.

“Pueden pensar lo que quieran de Erdogan –dijo Correa en el desborde verborrágico que le produjo la indignación contra las víctimas– pero es un visitante del país, es el representante democrático de un país soberano y no tienen… (aquí se detuvo por una fracción de segundo y se corrigió en seguida), no pueden faltarle así al respeto”. ¿Iba a decir no tienen derecho y se dio cuenta de que sí lo tienen? ¿Está poniendo el manual de Carreño por encima de la Constitución? No sería la primera vez.

Así, de berrinche en berrinche, llegó el presidente al final de su monólogo, que este sábado duró cuatro horas. Tanto le hacen rabiar los ciudadanos que ya no tuvo tiempo para la cantinflada de la semana. Lastimita.


Autor:  Roberto Aguilar

Fuente:  4pelagatos.com

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