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15 de junio de 2015

Presidente Correa, el conspirador no es usted?



Presidente,

Usted llegó a la Conspiración. Es el calificativo que da a las protestas que hay en el país contra sus últimos proyectos de ley. Y contra los cientos de motivos que han dado usted y su gobierno. El hartazgo, tan elocuente el 23-F del año pasado, es ahora visible en la calle.
Biografia de Rafael Correa
Presidente Rafael Correa Delgado

Usted ya había recurrido al argumento de la conspiración. Su amigo Chávez lo usó sin recato mientras arruinaba a Venezuela. Y Maduro, que acabó con tan magna obra, lo utiliza pasando un día. Usted lo ha usado, pero es de temer que ahora que los sondeos se hacen magros y se calienta la calle, usted lo haga suyo a diario.

Conspirar, dice el Diccionario de la Lengua Española, es “un acuerdo secreto entre varias personas para realizar una acción contra alguien, especialmente contra el Estado o una autoridad”. Aquí no se ve un “acuerdo secreto”: es público. Se exhibe. Los ciudadanos salen a la calle, como salió usted cuando era un forajido. Están dando la cara y las agencias de su gobierno los han filmado. Eso es exactamente lo contrario de una conspiración. Las personas que están en la calle ejercen un derecho previsto en la Constitución. Derecho que es connatural a la democracia que implica diferencias y también alternancia en el poder.

Hablar de conspiración no describe lo que está ocurriendo en el país. Revela, en cambio, hasta helar la sangre, la forma como usted concibe el poder. Usted confunde protesta con conspiración. En su caso no se trata de un error semántico: es una confesión política. Usted nunca se hizo a la idea de que el país le prestó el poder. No se lo donó. No es suyo.

Usted dice conspiración, como sinónimo de atentado contra algo que le pertenece. Un Presidente sabe que tiene un cargo pasajero. Sabe que los ciudadanos pueden criticarlo, cuestionarlo en la calle, exigirle que rectifique. Usted cree que su cargo es perpetuo, sus designios imposiciones, los ciudadanos súbditos. Usted no solo se ve como oráculo del país sino como propietario único del poder: quiere eternizarse en él. Por eso quiere violar la Constitución para reelegirse.

Usted habla de conspiración porque dejó a los ciudadanos sin derechos. Y ahora que, cabreados, los ejercen en la calle, usted quiere transformar esos derechos en delitos. Lo mismo hizo su amigo Nicolás Maduro. Y de un golpe convirtió a Leopoldo López y a Antonio Ledezma, entre otros ciudadanos, en delincuentes. Los tiene en la cárcel. Presos por pretender ganar, en las urnas, el derecho a gobernar ese país y sacarlo del caos y la miseria en que el chavismo lo sumió.

¿Cuestionarlo, desear reemplazarlo en el poder cuando culmine su mandato es conspirar? ¿Exigirle que rectifique es conspirar? ¿Quién le escrituró la Presidencia de por vida? Su amiga Dilma Rousseff admitió que los ciudadanos en la calle le hicieron llegar alertas y mensajes. Lejos de organizar contramarchas, aceptó enmendar. Y desactivó la bomba de tiempo que amenazaba a Brasil. ¿No debería usted hacer lo mismo? No usar la fuerza pública contra la gente, como está ocurriendo en Galápagos. Ordenar a José Serrano comportarse como ministro que debe proteger a todos los ciudadanos; no solo a los de Alianza País.

Usted confunde protesta con conspiración y cree que es su impuesto a las herencias lo que ha llevado los ciudadanos a la calle. No, Presidente. Ese es el último motivo. Ese y la plusvalía que ha mostrado de cuerpo entero su modelo de Estado voraz. Usted pensó que estirando la cuerda de la lucha de clases, diciendo que esto afecta solamente al 2% de la población levantaría, otra vez, a los descamisados de Perón, que usted llama desheredados, contra un puñado de ciudadanos. Ese argumento –estadístico esta vez– no le funcionó. Fue la gota en un vaso pleno que usted se encargó de llenar desde antes de llegar al gobierno.

Usted es un pacman. Usted ha convertido hasta su temperamento en política de Estado. Ha insultado y humillado sin tregua. Ha acabado con honras ajenas. Ha hecho leyes con destinatarios. Ha usado el aparato del Estado para inclinar la cancha a su favor en todos los terrenos. Ha puesto los jueces de su lado. Ha vaciado instituciones que deben ser imparciales ante los ciudadanos, como las cortes y los tribunales electorales, de decencia y de sentido.

Usted ha acumulado todos los poderes y convertido entes que nunca debieron existir, como el quinto que está en la Constitución, en bodrios impresentables. Usted declaró su gobierno libre de auditorías y convirtió la lucha contra la corrupción en un lema de mercadeo. Usted persigue a luchadores sociales, a minorías, a periodistas. Usted convirtió la comunicación en propaganda y al verdadero periodismo en enemigo del país. Usted ha pretendido reemplazar hasta la Academia de la Lengua resignificando las palabras. Usted ha actuado como oráculo, monarca, director espiritual de la conciencia de cada ciudadano. Usted es omnipotente e infalible. Usted es una leyenda.

Ocho años, Presidente, de todo eso. Día y noche. La gente no está en la calle  por un proyecto para supuestamente redistribuir lo que algunos tienen, en vez de que el país produzca más y mejor. No es el 2% de la población la que está autoconvocada. Es una parte del país cansada de un gobierno que lo sabe todo, decide de todo, quiere todo para sí, lava cerebros. Ocho años de propaganda, ataques, risas irónicas, burla, superioridad moral, cadenas infernales, semiólogos de pacotilla y tribunales de la inquisición… Ocho años de persecución, cárcel y multas para aquellos que no piensan como usted.

Ahora a los extenuados de todo eso, usted los llama conspiradores. No Presidente. Lo han soportado, lo han padecido. ¿Quién conspiró Presidente? ¿Los ciudadanos o usted? Ellos votaron por un presidente, no por un déspota. Ellos querían vivir mejor, tener mejores rutas sí, pero también más libertades. Usted en vez de redistribuir el poder, lo concentró todo. ¿No le parece sintomático que usted haya llegado a la misma conclusión que Luis XIV: el Estado es usted. De mandantes, los ciudadanos resultaron vasallos suyos, de su arrogancia, de su partido.

¿Ha hecho usted obra pública y social? Sí. Pero la letanía que ha extenuado a los ciudadanos es tan impresionante, como la opacidad de su administración: asombra el número de fortunas que han nacido en su gobierno. Y ahora, cuando el país se moviliza para decirle basta, usted anuncia que sigue. Y, colmo de la ceguera, ve en la reacción que suscita su gobierno, la razón categórica que justifica su soberbia. ¿Hasta dónde piensa usted continuar, Presidente? ¿Hasta cuántos heridos y muertos? ¿Hasta cuántos detenidos en sus cárceles? ¿Quiere ser usted el segundo Maduro de la región?

Usted cree haber entrado en los libros de historia por la puerta grande. ¿No le basta con eso? ¿Hasta cuándo quiere mantener la ficción de que solo cuatro pelagatos, millonarios y desalmados, están contra sus políticas y desean que corrija y evite el enfrentamiento? ¿No le dicen sus funcionarios que mucha de las personas que usted muestra en manifestaciones y sabatinas como gente convencida, son traídos en buses de otras regiones del país? ¿No le dicen que esos costos extraordinarios –que crecen con sanduches, colas y estipendio– son facturados a empresas grandes como “retribución” por los contratos que reciben? ¿No le dicen que están obligando a los funcionarios a ir a la Shyris para que hagan bulto, frente a ciudadanos que se autoconvocan cansados de las mentiras oficiales, de la propaganda atorrante y de las cadenas miserables fabricadas por los Alvarado? Usted quiere seguir en lo mismo, no corregir. Fíjese que usted, contrariamente a su amiga Rousseff, esparce gasolina por el país.

Usted ya hizo bastante. Cosas rescatables también ha hecho. No agregue, Presidente, heridos y muertos a su biografía. Tampoco se victimice ni pretenda poner de su lado a los militares ajenos a los baños de sangre. El país debe cuidar la paz y los militares no manchar sus páginas históricas.

Aterrice, Presidente: usted ha estado en el poder ocho años y le quedan 18 meses para irse. No se escude tras teorías conspirativas que solo han suscitado violencia, atentados contra los Derechos Humanos y luto en los hogares. Mire a Venezuela. Maduro da pena y no logra ocultar su ineptitud, la miseria que provocó y la corrupción faraónica de su gobierno. Empezando por la fortuna de la hija de Chávez.

Usted está a tiempo de parar el vértigo, corregir, oír a esa parte del país que un día hasta votó por usted y hoy se hartó. Lleve a sus partidarios a la política, no al enfrentamiento. Y la política tiene reglas, plazos, jueces imparciales. Desmonte las agencias que tiene organizadas para mentir y hacer trampa. Desmonte sus tribunales miserables de la inquisición dedicados a mentir, humillar, multar y convertir la esfera pública en una alcantarilla.

Está a tiempo, Presidente, de reencontrarse, aunque sea por la grandeza a la que le obliga su cargo, con la sensatez y la decencia.

Con la esperanza de que el país no entre en la espiral de la violencia.

Autor: José Hernández
Fuente: Sentido Común Ecuador
Presidente Correa, el conspirador no es usted?
4.3

2 comentarios :

  1. Es verdad que el gobierno ha construido magnificas obras (carreteras, hospitales, unidades de milenio, et.) con ese dineral que ha manejado, no ha sabido administrar, ahorrar para épocas de crisis, todo lo contrario, gastarce hasta el último centavo, endeudando a la nación, empeñando la reserva de oro, que irresponsablidad. FUERA CORREA FUERA

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  2. La crisis la tienes en tu cerebro por apoyar a golpistas politiqueros que fracasaron en el pasado y esa va a ser su eterna condena

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